Color, besos y más allá... el poder del lápiz labial

 “¿Un sitio perfecto para perder la razón? Definitivamente… el borde de tus labios" 

- Anónimo



Mientras yo pensaba en esa romántica descripción de “rojos labios cual carmín” de La Bella Durmiente, oía a mi tío decir que me había dejado “boca de tuna”. Su comparación me parecía menos que halagadora, pues aparte de que no me gustan las tunas, éstas tienen espinas, y mi idea era que el lápiz labial rojo profundo le diera a mis labios un aspecto hermoso y hacerme pasar por una muñeca.

Tenía 6 años y me encantaba ver los cosméticos de mi mamá. ¡Tenía tantos lápices labiales con tantas tonalidades! Mattes y nacarados, cremosos y humectantes, oscuros y claros, según la ocasión y el estado de ánimo. Me parecía una paleta tan mágica y llena de posibilidades como la de la caja de colores que yo tenía para dibujar, sólo que el lienzo era otro.


Los labios, esa parte de nuestro rostro repleta de músculos que tiene tanta capacidad de comunicarse sin emitir sonido, sin decir palabra. Labios curvos hacia arriba forman una sonrisa, hacia abajo denotan tristeza; labios fruncidos muestran molestia y morder los labios indica el intento fallido por ocultar un deseo prohibido. ¿Y si añadimos un toque de color? La gama de expresividad llega a posibilidades infinitas. 


Labios nude o con gloss transparente para un look natural, labios rosados para uno femenino y sutil, labios coral para lucir frescas y juveniles. Labios rojos… innegable sensualidad. No podemos negarlo: cuando alguien menciona “maquillaje”, lo primero que viene a nuestra mente es ese tubito que giramos para revelar un instrumento de máximo poder de atracción, y generalmente, lo visualizamos rojo. 


“A mal tiempo, labios rojos”, dicen por ahí. Sin embargo, muchas temen utilizar este tono sobre sus labios: “es muy llamativo”, “me veo muy maquillada”, “no me siento cómoda”, son algunos de las justificaciones más comunes. Lo cierto es que unos labios rojos son extremadamente magnéticos y llevan las miradas directamente al rostro de su portadora. No por nada es que Gwyneth Paltrow ha declarado “La belleza, para mí, se trata de sentirte a gusto en tu propia piel. Eso, o un labial rojo de infarto”.




Son aproximadamente $8,000,000,000 de dólares lo que en el mundo se gasta en lápices labiales. Yo diría que se trata, más bien, de una inversión, pero resulta una cantidad de ceros sorprendente para un objeto que por cientos de años se consideró un tabú. 


Sus indicios se remontan 5,000 años atrás, en Mesopotamia. Hombres y mujeres pintaban sus rostros en esa cultura. Se piensa que los sumerios son los creadores de lo más parecido a un pintalabios, aunque su icónica forma tubular tardó varios siglos en llegar. Los sumerios trituraban joyas semipreciosas para pintar labios y contorno de ojos. Los egipcios usaban insectos para obtener un tono rojo intenso, y su utilización denotaba estatus: ¿cómo olvidar las imágenes de Cleopatra que la historia nos ha mostrado? El pigmento de sus labios se conseguía con hormigas y escarabajos. 


Por la materia prima utilizada, no es ilógico pensar que el resultado era más bien seco y opaco, aunque colorido. ¿Cómo darle el efecto de humedad y volumen? Nuestros antepasados pensaron que extrayendo una sustancia de las escamas de peces lo lograrían. Y así fue, pero definitivamente el sabor no era muy agradable.


Estamos ya habituados a su forma de crayón, pero ésta no existió sino hasta el siglo X, en la Era de Oro del Islam. La invención se atribuye al árabe Abu Al Qasim Al Zahrawi, quien envolvía su creación en seda y era muy frágil, por lo que todavía no era un objeto que pudiera trasladarse y usarse “on-the-go”.


Colorear los labios fue algo popular en Europa hasta el siglo XVI, cuando la reina Isabel I de Inglaterra impuso moda al pintar su rostro de blanco y sus labios de un intenso rojo. En ese entonces sólo las mujeres de clase alta y los actores se maquillaban. Los tintes del labial ya no eran joyas o insectos, sino plantas mezcladas con cera de abeja, idea que debemos a los chinos, quienes lo hicieron varios siglos antes; ellos, además agregaron aceites perfumados desde la dinastía Tang (entre los siglos VII y X), de forma que tuvieran mejor aroma.


Y hablando de abejas, no todo ha sido “miel sobre hojuelas” en la historia del icónico cosmético. Tuvo una época de “mala fama”, pues en los siguientes siglos su uso se limitaba a actores y prostitutas. Para colmo, con el afán de experimentar mayor duración y mejores efectos, empezaron a fabricarse labiales con sustancias como el plomo o el bermellón, que resultaron tóxicas. En algunos lugares, incluso se prohibió utilizarlos y se acusaba a las mujeres que usaban lápiz labial de brujas que buscaban atraer a los hombres para casarse con ellas. 

Esto terminó con las sufragettes en Estados Unidos, quienes, con el apoyo de la mismísima y aún vigente Elizabeth Arden, desafiaron esta ridícula y machista prohibición. La diseñadora repartió labiales rojos a las mujeres que marchaban por Nueva York para exigir el voto femenino. Fue así como Arden se convirtió en una poderosa empresaria con su fábrica de cosméticos. 


Elizabeth Arden no fue la primera ni la única. En Francia, la lujosa casa Guerlain comenzó a fabricar y vender a este enfant terrible de la cosmética desde 1870, nombrándolo con el efecto que deseaban que su uso produjera: “Ne m’oubliez pas”  (“no me olvides”). 




Pero ¿qué hay de su envase? Su contenedor metálico en forma de tubo no existió sino hasta 1915, y el invento se atribuye al estadounidense Maurice Levy. Su compatriota James Bruce Mason Jr fue el creador del primer contenedor tubular giratorio en 1923. ¡Lo complicado que debió ser antes de esto pintarse los labios! 


Ya para los años 30, los años de mala reputación de nuestro crayon à lèvres habían quedado muy atrás. Max Factor ya vendía los primeros brillos. Su uso se hizo tan popular que sirvió como un arma en la Segunda Guerra Mundial para levantar la moral. ¿Cómo puede lograr esto un objeto tan pequeño y considerado banal por muchos? Fácil: bajo la consigna “Beauty is your duty!”, las mujeres británicas fueron instadas a mantener su bella apariencia a pesar de los bombardeos, pues Churchill no incluyó al pintalabios dentro de los artículos racionados en Reino Unido. Esto mejoraba el ánimo, no sólo de las mujeres, sino también de los soldados, y también daba una buena imagen en el exterior, pintando a los británicos como una nación fuerte, sana y poderosa. Las mujeres cumplieron con creces, pues cuando no podían darse el lujo del cosmético usaban carbón vegetal, hollín o hasta remolacha para darse color. Y no había lugar a desperdicio: cualquier sobra de pintura de labios se reciclaba derritiendo los restos en un frasco para que se solidificaran de nuevo. 


Hoy en día, lo vemos por todas partes: en farmacias, supermercados y boutiques de lujo, anunciado por celebridades de la moda y el cine. Los hay de todos tamaños, precios, texturas, colores y hasta con tratamiento hidratante y de protección solar. Es, incuestionablemente, el rey de los maquillajes al ser el más demandado y accesible. Con más mujeres trabajando y posando para sus redes sociales, su popularidad es aún mayor. 




Angelina Jolie compartió en una ocasión que el “piropo” más sexy que había recibido fue uno en el que le escribieron “lo que daría por ser tu lipstick”. Nadie puede negar el efecto de unos labios hermosos. Son un mensaje, una invitación… Con ellos expresamos infinidad de cuestiones sin palabras: desde un “oops” hasta un “¡bésame!”. Un beso es un punto de no retorno en una relación, y un labial es capaz de dar ese empujoncito provocando esa tentadora apariencia en nuestro rostro.  


Abrimos nuestro bolso, sacamos esta barrita y, difícilmente, pensamos en todo lo que tuvo que pasar para que pudiera estar al alcance de nuestra mano. Años de evolución, de historia y de protestas, pasando por una buena dosis de traspiés. Y, sin embargo, aquí está, pintando nuestros labios antes de nuestra cita amorosa, esperando ser probado por una persona capaz de besarnos con todo el deseo que esta porción de nuestro rostro evoca, desde el primer roce de un dulce “te quiero”, hasta un apasionada coreografía en la que se haga el amor con tan sólo un largo y profundo beso. Bien se dice por ahí que busquemos a una pareja que nos arruine el labial, y no el rímel. 

Comentarios

  1. El artículo es ameno, me agrada que la autora comienza recordando un detalle de su infancia para así llevarnos a conocer la historia de un objeto aparentemente banal, pero que logra impactar profundamente en las emociones humanas...

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    1. Muchas gracias : ) Efectivamente, hay cosas que consideramos insignificantes, pero que tienen una influencia importante en nuestras vidas.

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  2. Bellísimo artículo, interesante, ameno, divertido ...hasta me dieron ganas de pintarme los labios con todo y cubrebocas

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  3. Perder la razón a travez del labial es genial

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    1. ¡Gracias por tu comentario, Pau! Hay tantos colores y opciones como estados de ánimo, así que tenemos lápices labiales para todos los gustos : )

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