De la ostra a la fama: la travesía del collar de perlas

“Junto al buen juicio, diamantes y perlas son las cosas más raras en el mundo.” - Jean de la Bruyère 

“El corazón de un hombre es muy parecido al mar, tiene sus tormentas, sus olas y sus profundidades, también tiene sus perlas.” - Vincent Van Gogh.


Me han llamado especial, bella, rara. Y al mismo tiempo, soy muy popular. Elegante y casual, decorosa y escandalosa. Sirena causante de amores, crímenes y secretos. Pieza de profundo significado en la Biblia, producto de la biología y máxima tendencia en moda. Soy una contradicción disfrazada de inocencia en capas y capas de nácar traslúcido. 

Me nombraron “perla”, probablemente por metonimia, pues pernula es, en latín vulgar, el diminutivo de “especie de ostra”. Y es que de ahí vengo. Soy el hermoso producto de una herida. Para que yo exista, se necesita que un agente externo  (como un grano de arena o un trozo de concha, por ejemplo), se introduzca en un molusco bivalvo (de dos conchas) y éste reaccione en defensa, envolviendo esta “amenaza” en una sustancia lisa cristalina una y otra vez, hasta que se endurece. Así es: soy un accidente de la naturaleza, provengo del dolor y, contrario a lo que se pensaría en cualquier otra circunstancia, no genero desprecio, sino que provoco un enorme deseo.



De todas las gemas y piedras preciosas, soy la única que proviene del agua. Me gusta pensar que eso me da pureza. Yo no vengo de la tierra ni tienen que pulirme, soy descubierta en todo mi esplendor.


Fui encontrada hace miles de años. El hombre ha buscado alimento en el mar desde hace mucho tiempo, y un buen día, a la orilla del mar, me hallaron dormida en el interior de una ostra. No me parecía a nada que hubiesen visto antes, por lo que decidieron conservarme y, por supuesto, ver si otros moluscos resguardaban más como yo. Resultó que sí, pero no era un suceso tan común como creyeron al principio, así que me consideraron valiosa. 


Y es que no se habían dado cuenta, pero llevaba ya siglos adornando sus cuellos y muñecas dentro de las conchas que portaban como collares y pulseras. En 4300 a.C., en Mesopotamia, desperté la pasión por buscarme y ostentarme. Me llamaron el milagro del nácar y trataban incansablemente de dar conmigo en el Mar Rojo, el Golfo Pérsico y las costas indias. Los egipcios me valoraban al grado de llevarme hasta sus tumbas, y los primeros occidentales en caer a mis pies fueron los romanos, cuando las caravanas acarreaban nácar en el siglo I a.C.



Desde entonces, he atestiguado muchos momentos históricos, algunos muy legendarios. El primero de ellos fue con Pompeyo, que quiso que se le hiciera un retrato confeccionado de perlas para celebrar sus múltiples triunfos en Asia Menor. Y cómo olvidar la experiencia más extraña de mi vida, en la que la célebre Cleopatra me disolvió en vino y me bebió, con el único objetivo de demostrarle a un incrédulo Marco Antonio que ella podía consumir la riqueza de toda una nación en una sola comida. Plinio escribió que fue en vinagre, y durante mucho tiempo se pensó que este extravagante cóctel era leyenda, pero la ciencia se dio a la tarea de comprobarlo y afirmaron que la solución es posible. No cabe duda: Cleopatra era una mujer muy arrogante y lo demostraba con acciones como ésta.



Nunca quise generar odio y asperezas, mas mi peculiar naturaleza tenía ese efecto en la humanidad. Bizancio continuó esta historia, y el emperador Justiniano y su esposa Teodora decretaron que sólo ellos podían lucirme. Si han visto los impresionantes Mosaicos de Rávena podrán apreciarlos casi sepultados en nácar. 


Ya en la Edad Media, y con la fuerza del Cristianismo, me convertí en símbolo de la pureza de la Virgen. Decoré diversos objetos de culto, cálices y coronas. Fui la piedra más deseada para ello: basta con recordar la corona y el orbe del Sacro Imperio Romano, en el que predomino por sobre las demás joyas. 


Llegó el siglo XIII y, con él, la vorágine de ciudades. Dejé de ser una pasión eclesiástica y aristócrata para llegar también a los burgueses. Me transformé en un símbolo de estatus, me portaban ya no sólo en collares, sino también engarzada en distintos ropajes, y las novias me usaban como signo de pureza. Hubo quien me vio como un elemento medicinal: en la España de esta época se creía que beberme pulverizada fortalecía el corazón. Eran ya tantos los que me deseaban que comenzaron a imitarme: diversos joyeros comenzaron a fabricar perlas falsas con esmalte, y el mismísimo Leonardo Da Vinci creó una fórmula para su manufactura. Debo admitir que, más que ver estas copias como amenazas, las percibí como un alivio, pues la ambición humana parecía no calmar su sed y temía que pudiese dañar al océano… desde cuándo lo veía venir. 


El descubrimiento de América trajo a las arcas europeas nuevos fondos marinos inexplorados con gran potencial para encontrarme. Y es aquí, en pleno siglo XVI que, entre conquistas de nuevos mundos, inicia lo que yo llamaría “la edad del nácar”. Fue entonces cuando se encontraron mis mayores ejemplares conocidos y con nombre propio, La Grande y La Peregrina, pasando a ser automáticamente propiedad de la Corona española.



Me volví también un instrumento político: Isabel I de Inglaterra ostentaba una larguísima fila de 600 perlas como símbolo de su virginidad. En algunos vestidos, me encontraba cosida a su cintura, junto con otras cientos como yo para realzar esta condición. Y cómo olvidar a Carlos I de Inglaterra, con quien viví mi primera ejecución. Así es: yo adornaba su oreja cuando lo decapitaron en 1649. 


Mi apariencia sutil e inocente me ganó la reputación de ser la única joya permitida a las viudas, pues se retomó una idea mitológica en la que se me veía como “lágrima de los dioses”. Pero, como dije al principio, soy una contradicción, así que también fui portada como amuleto de fertilidad por mujeres embarazadas.


Fui la preferida por mucho tiempo, pero el humano suele ser voluble, y en el siglo XVIII se enamoró de los diamantes, piedras muy escasas que al principio venían de India, y luego de Brasil y Sudáfrica. Se convirtieron en los favoritos de los monarcas y yo pasé a los cajones y a los joyeros. Recordemos que vengo del agua y odio la sequía, requiero de cierta humedad para lucir bien (inclusive, lo ideal es que cambien cada 5 años el cordón que me sostiene), por lo que corría peligro de deteriorarme, pero ¿qué podía hacer? 


Justo cuando creía que estaba olvidada, todavía en el siglo XVIII y durante el XIX, las mujeres comenzaron a usar unos muy generosos escotes, y con ellos llegó la tendencia de las ajustadas gargantillas de perlas. Me sentía cálida y cómoda ahí, después de todo ¿qué puede haber más íntimo que rodear el cuello de una mujer? Ahí podía sentir las vibraciones de sus voces, hablando o cantando, y también los latidos de sus corazones, con sus variantes ritmos según la amplia gama de emociones humanas. Es verdad, habían sido volubles, pero eran también fascinantes y me di cuenta de que amaba acompañarles. 




Me encantaba ser el obsequio de un caballero a su amada. Recuerdo ocasiones en las que joyerías del renombre de Mellerio seleccionaban mis versiones más bellas para hacer collares y colocarles exquisitos broches con formas de mariposas, flores y otros motivos. Las perlas naturales siempre fuimos raras y, con la llegada de la técnica de producción de perlas cultivadas desde Japón en el siglo XX, mi valor incrementó exponencialmente, tanto que en los duros años de la Primera Guerra Mundial, un collar de perlas podía salvar de la crisis a una familia entera por el resto de su vida. Ejemplo de esto puede leerse en Las horas de terciopelo, de Alyson Richman, en donde soy la más sublime representación de amor que guarda Marthe de Florian del que fue su único y verdadero amor.

Marthe de Florian, por Boldini

Con el cultivo de perlas vino también su democratización, y fue ahí donde la diseñadora Coco Chanel me llevó con devoción a una fama que nunca imaginé al afirmar que “una mujer necesita filas y filas de perlas”: adornar los cuellos de miles de mujeres, no solo reinas, viudas o aristócratas, sino profesionistas, intelectuales y artistas, todas diferentes, pero con el deseo de lucir elegantes rodeadas de infinitas vueltas traslúcidas. Coco me presentó al que llegaría a ser uno de mis mayores aliados: el pequeño vestido negro. Juntos conferíamos un aspecto de confianza, seguridad y belleza a nuestras portadoras… juntos éramos una mancuerna invencible de la moda. Y aún lo somos. 


Collar de perlas de ChanelGrace Kelly

“La perla es la reina de las gemas y la gema de las reinas”, dijo Grace Kelly, primero actriz y, posteriormente, princesa de Mónaco. Las mujeres me hicieron parte de su vida diaria y, sin importar la ocasión, permanezco con ellas. Quizás una de mis más célebres portadoras haya sido la chica de los ojos violeta: Elizabeth Taylor. Nunca he conocido una mujer que aprecie a sus joyas como ella, pues no nos veía como trofeos, sino casi como una familia: todas representábamos algún invaluable recuerdo en su vida. Quien curiosamente interpretara a Cleopatra en la pantalla grande me tuvo en mi más grandiosa manifestación: la ya mencionada Peregrina. 


Esa parte de mi viaje es quizás la más apasionante y polémica, pues pasé por muchos países, reinas, manos y cuellos para llegar a la legendaria Liz. Me encontró en 1513 un esclavo en Panamá, aunque ese territorio es hoy parte de Venezuela. Me llamaron así porque era otra forma de denominar a lo raro y caprichoso, y es que era realmente muy extraña: con forma de gota y mayor tamaño que el promedio. Evidentemente, no podía quedarme en sus manos, por lo que me entregaron al rey Felipe II de España. Como parte de las joyas de la Corona, me portaron muchas reinas, siendo Isabel de Borbón, primera mujer de Felipe IV, la última en lucirme oficialmente. 


En 1808, José Bonaparte invadió España y, con ello, exigió que se le entregaran todos los tesoros reales, y me obsequió a Julia Clary, su esposa, quien me portó en diversas ocasiones. Cuando murió, me heredó Napoleón Bonaparte, que me vendió. Y estuve de mano en mano hasta llegar al marqués de Abercorn. Estuve unos años en su familia, casi siempre guardada, hasta que me vendieron nuevamente a principios del siglo XX y me resguardaron coleccionistas de joyas. ¡Ah, era una vida aburrida y agotadora! Añoraba salir y protagonizar atuendos nuevamente, ver el mundo, conocer gente, sitios, atestiguar historias… tuve que esperar hasta 1969 a que me subastaran. España me recordó y quiso parar el evento para recuperarme, pero ya era tarde: Richard Burton me había adquirido para La gata sobre el tejado caliente, el amor de su vida. Incluso ganó la puja a Alfonso de Borbón, quien luego alegó que La Peregrina subastada no era la auténtica.



Por 42 años fui la favorita de esta diva. Compartimos filmaciones de películas, firmas de autógrafos, premiaciones… yo era nuevamente un símbolo de amor. Incluso en un viaje a Las Vegas, caí accidentalmente en la alfombra de su habitación de hotel, y Elizabeth tuvo que sacarme del hocico de uno de sus perros. Y aunque Liz es conocida como “man-eater”, puedo afirmar que Burton fue dueño de su corazón hasta el final de sus días: yo era la fiel memoria de esa pasión de tiempo atrás. 


Las personas mueren, pero yo permanezco. Liz falleció en 2011 y lamenté la pérdida de la persona que más me había valorado: se acababa una era de glamour y paparazzis, pero también todas esas noches en vela, en las manos de mi propietaria, viendo cómo sus ojos se humedecían al mirarme, como el espejo de un glorioso pasado que no podría volver pero que atesoraría el resto de sus días. Ese mismo año, fui subastada nuevamente, esta vez por un valor de 9 millones de euros. ¿Quién hubiera creído que alguien pagaría tanto por una lágrima?



Mi historia no termina aquí, es tan larga como los collares de Chanel, en donde me manifiesto en mis diversas tonalidades, que van del casi blanco hasta el negro. Sigo siendo muy codiciada, pero ahora tengo cientos de variables: soy versátil y pertenezco a todas las mujeres, “vistiendo” sus atuendos con mi delicada elegancia. No necesito más coronaciones o premières en Hollywood, pues eso se vuelve irrelevante cuando tus cuentas son capaces de rozar los corazones femeninos todos los días y en todas las ocasiones posibles, viviendo con ellas sus triunfos y sus tristezas, sus amores y sus sueños. Ellas me han elegido por encima de otras alhajas y estoy dispuesta a conservar éste, mi verdadero trono, por siempre. 



“Nunca puedes equivocarte con las perlas. Quizás las perlas sean las mejores amigas de la mujer, después de todo”. - Ki Hackney


 

Comentarios

  1. Espectacular!! Ah cómo he aprendido, más que interesante!!
    Gracias!!

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    1. ¡Me alegra que lo encontraras interesante! : ) ¡Gracias por siempre leer mis posts!

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  2. Muy interesante, las perlas son tan clásicas que nunca pasarán de moda, son elegantes , sencillas, minimalistas y siempre una gran aliada Gracias por darle su justo reconocimiento, muy buen trabajo 🤗

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! Así es, son una belleza de la naturaleza : )

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