De luces y sombras: los lentes de sol y su mirada progresiva a través del tiempo

“Las gafas de sol son como las sombras de ojos: hacen todo lucir más joven y bonito” — Karl Lagerfeld


“Unos lentes de sol y un gran par de tacones pueden cambiar cualquier atuendo” — Victoria Beckham



Nada exclama glamour más fuerte que yo. De aire elegante y misterioso, le confiero a mi portador un effortless chic que atrae miradas cuando lo desea o lo oculta si lo requiere. Soy el accesorio que a todos les va bien.  


No lo negarás: nada más ponerme sobre tu nariz le da otro matiz a tu entorno. Soy un soñador: puedes mantener la vista fija por largo tiempo y nadie te juzgará por tener la mirada perdida. Soy un detective: conmigo puedes verlo todo sin que los demás se enteren. Soy un artista: diría que conmigo el mundo toma otro color, que no es necesariamente el rosa. ¿Mi nombre? Lentes de sol.


Amo las luces, aunque las bloquee de tus ojos. Mi historia es la de un objeto utilitario que soñaba con los reflectores. Aún sin ojos propios, he visto de todo a través de quienes me han portado. Mi nacimiento fue hace muchos años y tardé bastante en tomar la silueta con la que me conoces hoy. Al principio, ni siquiera tenía cristales.


Dicen por ahí que el primero en usar un artilugio como yo fue nada menos que Nerón. Ese megalónomo solía usar un armazón con una gran esmeralda para ver mejor las luchas de los gladiadores. Sin embargo, nunca he creído que haya sido para protegerse del sol, sino más bien como auxilio a una posible hipermetropía.


Menos glamouroso y mucho más cotidiano era mi aspecto en el ártico del siglo XIII. Me llamaron “máscara de ivoire” por estar hecho de hueso, aunque no se sabe de qué animal. Era completamente rectangular y sólo tenía dos ranuras delgadas y alargadas por las que se miraba. Me adaptaba al rostro con ayuda de un cordel o sujetándome a la ropa. Me crearon porque el reflejo del sol en la blanca nieve lastimaba tanto los ojos que podía causar ceguera, y permitía que mis usuarios vieran lo mínimo necesario a través de mí.  Mi inconveniente era precisamente ése: podía verse muy poco a través de mí, cortando bastante el campo visual. 



Mi uso en China fue bastante diferente. Aunque no lo creas, los pobladores del lejano oriente (más o menos entre 1200 y 1300) fueron los primeros en usarme para ocultar sus expresiones, sin embargo, no era algo generalizado en toda la sociedad: era prácticamente exclusivo de los jueces. Ellos me portaban para esconder sus ojos y, por ende, cualquier expresión que pudiera evidenciar su veredicto final ante los contendientes de un pleito legal. Me conformaban cristales de cuarzo ahumados, que poco a poco fueron puliendo y mejorando, hasta hacer las primeras lentes oscurecidas y graduadas.


En la bella Italia del siglo XV, experimentaron mi creación con cristales verdes para mejorar la visión, pues a través de este color se daba un efecto de mayor contraste. Uno de mis más famosos portadores fue el dramaturgo Carlo Goldoni, quien me utilizaba para reducir el intenso impacto de los reflejos de la luz solar en las aguas de Venecia. 



Empecé siendo sólo una montura ocular, luego tuve cristales, pero ¿qué hay de las patillas? Por increíble que parezca, no las tuve sino hasta 1730, cuando el óptico inglés Edward Scarlett ideó un modelo que no se recargara solamente en la nariz, sino también tuviera soporte en las orejas. Adiós a las improvisadas cintas y cordeles con que me sostenían, por fin tenía una estructura formal y funcional.


Durante el siglo XVIII, James Ayscough era un reconocido científico especializado en el campo de la óptica. Suyos eran los mejores microscopios de la época y, como experto en cristales y sus efectos, pensó en tintar las lentes. Recuerdo perfectamente cuando me tomó en sus manos y me acercó a sus ojos diciendo: “¿y si te damos color?” Él pensaba que la tinta podía ayudar a mejorar la agudeza visual además de proteger contra extrema luminosidad. Y no se equivocaba: me tiñó de azul y de verde con resultados sorprendentes en problemas de visión específicos, aunque nunca me concibió como un objeto que bloqueara los rayos solares.


En la Europa del siglo XIX, el ser humano seguía buscando más y mejores formas de cuidar su vista de la luz extrema. En la década de 1860, me usaban los soldados mientras marchaban bajo el sol. Me llamaban verres de coquille, pues me conformaban conchas. Tres décadas más tarde, me convertí en todo un deportista, pues me portaban los beisbolistas, y de mí dependía el marcador: si yo faltaba al partido, un jugador podía perder de vista la pelota, desencadenando una caída en el puntaje del equipo. 


Pasaron los años y con ellos fui tomando nuevas formas. Diría que la primera mitad del siglo XX fui un auténtico ratón de laboratorio, pues pasé por infinidad de manos - y ojos - para que la industria óptica lograra perfeccionar el tinte verde oscuro para absorber la luz en la banda amarilla del espectro luminoso. 



Asimismo, entramos en la era de la fotografía y el cine, y aunque a los actores se les llamaba estrellas de cine, eran ellos los auténticos deslumbrados luego de largas sesiones de filmación. Las potentes lámparas y los interminables rodajes resultaban en vista cansada, y es aquí donde llega mi padre oficial a la historia: Sam Foster. Mi primer par se vendió en 1929, bajo el sello de la empresa Foster Grant Company, en Atlantic City, New Jersey. 


Ese fue un punto de no retorno, pues a partir de ese momento, me uní a las miradas de la humanidad para siempre. Empecé con los famosos, quienes me usaban para descansar sus ojos. Sin embargo, rápidamente se acostumbraron a portarme cada vez más. Humphrey Bogart, Marilyn Monroe, Gloria Swanson, James Dean, Grace Kelly, Audrey Hepburn… la lista es tan interminable como luminosa: todos ellos encontraron en mí no sólo un accesorio utilitario sino un arma de la elegancia y la seducción que les daba un je ne sais quoi extremadamente elegante y deseable, que todos querían alcanzar. Me convertí en un artículo de lujo, símbolo de un estilo de vida de ensueño: el de la movie star.




Al mismo tiempo, otra importante industria entornaba su mirada buscando mi ayuda: la de la aviación. Los pilotos eran tremendas víctimas de deslumbramiento mientras volaban bajo el sol, lo que podía ocasionar terribles consecuencias que iban desde jaquecas y mareos hasta lamentables accidentes aéreos. Con esto en mente, el ejército de Estados Unidos encargó a la compañía Bausch & Lomb mi creación especializada en este rubro. De este suceso nació Ray-Ban, un nombre muy reconocido hoy en día pero que no pertenece a un diseñador como muchos piensan, sino literalmente a “rayo” y “bloqueo”. Esta marca creó mi forma más icónica: la de aviador. Con lentes en forma de gota y un doble puente metálico, confiero tanto protección como allure a quien las luzca.





La fotografía y yo estamos muy ligadas, y no digo sólo porque la gente gusta de retratarse conmigo, sino porque algunos de los avances que se dieron en el primer campo, se aplicaron también a mí. Claro ejemplo es el de las lentes polarizadas, creación del estadounidense Edwin Herbert Land, inventor de las famosas Polaroid quien, en 1936, me aplicó su filtro polarizador sintético.





Para 1950, todos sabían quién era yo y había al menos un par en cada casa en los Estados Unidos. Con la era industrial en apogeo, Ray-Ban decide que es momento de darme una nueva forma y diseña mi modelo Wayfarer, otro clásico instantáneo. Con montura de plástico y un adorno metálico en cada esquina, conquisté nuevas miradas, tanto por delante como por detrás de mis lentes. 


¿El nombre R. H. Dalton te resulta familiar? El químico que descubrió el padecimiento hoy llamado daltonismo elaboró cristales sensibles a las variaciones de la luz, mismos que rápidamente se incorporaron a mi estructura. Después se inventaron los cristales irrompibles (aunque no anti-rayones) e inclusive las lentes enrollables, capaces de filtrar rayos UV. En Suiza, P. Monnay diseñó una versión mía que incluía un bolígrafo en una de sus patillas. Las posibilidades eran infinitas y el mundo estaba a mis pies, o más bien, yo estaba a sus ojos.



Diría que, irónicamente, desde que tuve pies, perdí suelo. La adición de las patillas me hizo alcanzar los cielos con los aviadores y las estrellas con las celebridades. Me convertí en el objeto del deseo de personas de todo el mundo al sentir que portarme les otorgaba una seguridad quizás sólo comparable a la de unos poderosos stilletos a las féminas, con la enorme ventaja de no implicar esfuerzo alguno. Conmigo no hay que aprender a caminar de nuevo, me colocas en tu rostro y la perspectiva entera cambia. 


Farándula e intelectuales, jóvenes y ancianos, multimillonarios y sociedad entera… todos portan un modelo mío. Figuras icónicas que pocas veces (o nunca) salían al público sin tenerme ante sus ojos hay muchas. Veamos a Karl Lagerfeld, quien ni para bosquejar me hacía a un lado. John Lennon parecía dormir y despertar conmigo, y Michael Jackson me llevaba a muchas de sus entrevistas y conciertos. Ray Charles y Stevie Wonder, talentos cuyo oído musical y desempeño vocal compensan con creces su debilidad visual, me lucían en cada escenario. 



Soy un elemento básico que viaja tanto en el bolsillo masculino como en el bolso femenino, y aparezco en pantallas de todos los tamaños, desde las cinematográficas hasta las de los celulares al ser retratado en selfies. Hay personajes representativos de la cultura pop que no visualizamos sin unas gafas de sol, como Marty McFly — que me porta al tocar su guitarra en Back to the Future — o Johnny Bravo, quien ve la vida totalmente desde otro ángulo por usarme constantemente. Hay incluso canciones dedicadas a mí, como la célebre pieza ochentera I wear my sunglasses at night, de Corey Hart.


 

Las casas de moda han dado rienda suelta a su imaginación conmigo. Sensacionales diseños de Burberry, Chanel, Gucci, Tiffany & Co., Dior, Hugo Boss, Dolce & Gabbana, entre otros, me han dotado de distinción y lujo. Soy un producto que factura 4,800 millones de dólares al año tan solo en los Estados Unidos, y China, Brasil, Italia, Francia, México y España le siguen, formando parte del top 15 que me consumen. Tengo muchas formas además de las ya mencionadas: redondos, cuadrados, bug-eyes, cat-eyes y las que lleguen con nuevas tendencias y vanguardias. Metálicos, de pasta, delgados, gruesos, con incrustaciones o lisos… diseños y colores en mis cristales y armazón son un lenguaje por sí mismos. 



Creo que ahí es en donde está mi verdadero encanto. Puedo decir mucho al ocultar demasiado: soy un auténtico poker face. Doy una apariencia cool en forma de Wayfarer, una sofisticada en carey con una sexy silueta de ojos de gato… pero no me limito a eso: yo te hago compañía en los días más soleados y también en los más oscuros. En más de una ocasión, he sido el mejor confidente al esconder largos desvelos, las lágrimas de un corazón roto o incluso ojos morados. En situaciones así, tan solo sacarme del estuche y posarme sobre una nariz cambia por completo la perspectiva: soy entonces quien da la cara por ti ante el mundo, guardando unos ojos que desean reservar en su interior lo que sin mí no podrían evitar mostrar al exterior. Como puedes ver, estoy presente en las buenas y en las malas, en los momentos más chic, en los más solemnes y en los más duros. 






Puedo ser quien quiera ser, pues me adapto a todos los rostros, y todos se sienten más bellos y confiados al portarme, mas no es sólo porque les proteja de los rayos del sol, los daños a la vista y las posibles manchas en la piel del contorno de los ojos ¿A qué se debe entonces? Es muy simple: doy simetría, y la simetría es sinónimo de belleza. Hago de una mirada, algo tan revelador, un completo misterio. Y un misterio es un secreto, cuyo descubrimiento puede resultar en la aventura más maravillosa: conocer el alma humana a través de sus ojos. Todo depende del cristal con que se mire.




“A veces sólo necesitas morder tu labio superior y ponerte unas gafas de sol.” — Bob Dylan


“Los lentes oscuros, como el lápiz labial rojo, lo cambian todo.” — Anónimo





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Referencias:


  • “La historia de las gafas del sol. ¿Quién las inventó?”, en Roberto Martín, disponible en https://www.robertomartin.com/noticias/historia-gafas-sol/, visto el 29 de octubre de 2020. 


Comentarios

  1. Wooooo toda una experta en artículos Fer, felicidades

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  2. Que glamoroso e increíble artículo!!! Clase, elegancia y distinción a través de unas gafas para sol.

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