Diamantes: el eterno resplandor de una joya de múltiples facetas
“No es que los diamantes sean los mejores amigos de las mujeres, sino que tus mejores amigos son tus diamantes. Son sumamente resistentes, hechos bajo presión y de un valor asombroso. Son eternos; pueden cortar vidrio si lo necesitan.” — Gina Barreca
“Me gusta la presión. Los diamantes se hacen bajo presión, y definitivamente los disfruto.” — Caroline Buchanan
Brillo, opulencia y lujo. Belleza, riqueza y eternidad. Símbolo de elegancia, buen gusto y élite. Triunfo y perpetuidad del amor. Invencible.
Poseído por pocos, codiciado por muchos, me han conferido un valor que nunca pensé tener en mi origen. Mi nombre proviene del griego adámas, que significa irrompible, inalterable o indomable, características que me distinguen desde que me descubrieron. Soy el diamante.
“Los diamantes son los mejores amigos de las chicas”, canta coquetamente Marilyn Monroe en el filme Los caballeros las prefieren rubias (1953), pero me cuesta pensar que siempre he sido así. En más de una ocasión a lo largo de mi existencia, he sido causa de dolor y derramamiento de sangre, por lo que lejos de una amistad he provocado guerras. Dicen por ahí que nada se compara con el fulgor de un diamante, pero he aprendido que la avaricia del hombre puede opacar hasta el brillo más intenso.
Mi historia es parecida a la de El patito feo, de Hans Christian Andersen: así como nadie pensaba que un ave de peculiar complexión y torpe movimiento fuera a transformarse en un grácil cisne, no había manera de visualizar que de un trozo de carbón pudiera nacer la reina de las joyas. Pero es cuestión de mucho tiempo, calor y presión. Aclaro que cuando digo “mucho” me refiero a millones de años, cientos de grados centígrados (aproximadamente 140 grados) y centenar y medio de kilómetros de profundidad en el manto terrestre.
Pese a lo que digan sobre el parecido entre familiares, yo no tengo muchas similitudes aparentes con mis hermanos el grafito y el hollín. Todos somos alótropos o formas de carbón, pero yo soy un trozo extremadamente comprimido. Podría decirse que lo que me hace tan único y especial es que trabajo bajo presión, pues el carbono es un elemento presente en toda la naturaleza y el cuarto más abundante en el universo. ¿Cómo es, entonces, que no nadas en diamantes? Fácil, no todos soportan el nivel de estrés que yo tolero.
Decía Víctor Hugo que “los diamantes se encuentran en la oscuridad de la Tierra, y la verdad en la oscuridad de la mente”. Al nacer, estoy en lo más hondo del planeta azul y, cuando llego a mi máximo esplendor, soy el símbolo del más profundo amor entre parejas. Generalmente, llego a la superficie a través de cráteres o chimeneas de kimberlita formadas en las raíces de algunos volcanes, aunque también me pueden extraer en los lechos de los ríos o en las playas (llaman a estos lugares minas aluviales). Extraer minerales de estos sitios no es garantía de encontrarme: hay que triturar, lavar, analizar por rayos X y separar según su forma, calidad, color y tamaño. Se necesitan aproximadamente 30 toneladas de kimberlita para producir un quilate pulido mío (un quilate equivale a 0.2 gramos).
La humanidad me conoció por primera vez en India, hace unos 3,000 años, donde fui una gema de uso religioso. Las clases altas me atesoraron y comenzaron a portarme como parte de sus más suntuosas indumentarias. Poco a poco, me convertí en un producto de exportación y, para los años 1400, era ya un accesorio de moda entre la nobleza europea que buscaba joyería exótica y exclusiva.
Fue por esa época que se originó la tradición del anillo de compromiso, aunque no era nada parecido a como lo conoces en la actualidad. Todo comenzó cuando el archiduque austriaco y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Maximiliano I de Habsburgo le propuso matrimonio a la Duquesa María de Borgoña, a quien ni siquiera conocía. El anillo no se lo dio a ella, sino a su padre Carlos I de Borgoña (también conocido como El Temerario) para cerrar el pacto y éste no era la famosa “roca” que ves hoy en las joyerías de alta gama, sino que tenía una “M” compuesta por pequeñísimos ejemplares míos.
Ésta es la verdadera historia, pero la contada por los hermanos De Beers, quienes prácticamente controlan mi industria desde 1880, es la versión más difundida. En ella, el archiduque le entregó el primer anillo de diamantes a María de Borgoña, su gran amor, simbolizando así su infinito afecto y fidelidad.
Quien dude que la mercadotecnia apela a nuestros deseos y emociones, puede encontrar aquí una prueba de que se equivoca: la agencia de publicidad de Nueva York, N.W. Ayers, es la creadora de este mito que lleva casi 150 años relatándose para conseguir que se crea que el sello del amor verdadero soy yo, y que mientras más grande y brillante, más duradero será el matrimonio. “Diamonds are forever” fue su eslogan, que incluso inspiró una famosa película del 007, con Sean Connery como el apuesto agente James Bond. Es verdad, soy eterno, pero es una injusticia acarrearme semejante responsabilidad, después de todo ¿qué puede saber un trozo de carbón súper comprimido sobre el amor que se profesa una pareja en particular? No quiero que me malinterpreten, amo el simbolismo que me dan, pero mi brillo y mi tamaño no son necesariamente proporcionales a la pureza y duración del afecto entre humanos. Sé de personas que nunca pudieron poseerme cuyo amor logró trascender estatus social, económico y geografías.
Al principio, mi industria era especialmente fuerte en India, pero decayó hacia 1700, y se miró a Brasil como mi nueva fuente inagotable, hecho que duró unos 150 años. Llegó la Revolución Francesa y, con ella, el mundo cambió, al igual que la repartición de la riqueza en distintas partes de Europa e, inclusive, en Estados Unidos. La demanda por mí crecía, y se volvió esencial encontrar un nuevo depósito de donde pudieran extraerme en grandes cantidades. Fue entonces cuando las expediciones a Sudáfrica rindieron frutos.
La gente siempre ha dado más valor a lo raro, único y exclusivo, atributos que conservé hasta mediados de 1800, pero para 1900 se conocían ya varias minas diamanteras y eso fue mermando mi demanda. Aquí es en donde el gigante De Beers entra en juego: su fundador, Sir Cecil John Rhodes, se percató de cómo los pequeños mineros no tenían infraestructura comercial y firmó acuerdos con ellos y varios distribuidores, para controlar este mercado, del que aún hoy esta empresa posee un 60%, pero que llegó a ser de un impresionante 90%. Mucha oferta y poca venta, ¿cómo arreglas eso? Generando “escasez”: hazle creer al mundo que algo se agota y será motivo suficiente para que todos lo codicien. Eso pasó conmigo. De Beers manipuló el suministro al hacer imposible mi compra o venta fuera de su gestión.
Aquí comienza el capítulo más sangriento de mi historia, en el que las vidas humanas se sacrifican como si fueran un simple precio a pagar por un ejemplar mío promedio, ya no digamos los más grandes. Es cierto que soy peculiar y que cada pieza de mí es especial y no hay dos iguales, pero esas mismas características más muchas otras otras se le atribuyen también a las personas, cuyas creaciones, decisiones, actividades y sueños dejan más huella en el mundo que yo, que pase lo que pase seguiré aquí, como el mineral frío e inerte que soy.
Desde que me industrialicé, he sido utilizado por los rebeldes en Angola, Sierra Leona y Congo para comprar armas. ¿Dónde queda entonces ese magnífico símbolo de amor eterno? ¿No es amor también acaso respetar la vida humana y no atentar contra ella? Ahí adquirí el terrible apodo de “diamante de sangre”. El cuasi-monopolio de De Beers produjo el obvio resultado de la presión excesiva: no otro diamante, sino el contrabando, incrementándose la excavación y el comercio ilegal por Sierra Leona. Desconozco cuántos ríos rojos más serán necesarios para terminar con esto, me hacen consciente de que no valgo tanto como muchos piensan. Cargo con una culpa que haría pensar que la belleza acarrea muerte, pero no siempre ha sido así: ésta también produce más vidas, arte y creatividad. Afortunadamente, ha surgido una tendencia de lujo con respeto humano, con la que el comprador no sólo busca un producto de alta gama y gran calidad, sino que quiere saber de dónde viene y cómo llegó a sus manos. Y ha sido así que empresas como Tiffany & Co. y Cartier se han dado a la tarea de certificar mi origen y probar que me trabajaron artesanos locales, que no se explotaron mineros ni trabajadores de las distintas líneas de producción. Realmente deseo que esto se mantenga y que siga existiendo este consumo responsable.
Mis episodios con los diseñadores tienen matices más alegres. Paso por infinidad de manos, todas ellas diestras en su arte para seleccionarme, cortarme y darme la mejor forma posible. A través del tiempo, se han definido las famosas 4 C’s que constituyen mis criterios de calidad: Carat (peso), Colour (color), Clarity (pureza) y Cut (talla o corte). De todas ellas, la única que depende 100% de quienes me manipulan es el corte, por lo que sólo los expertos se atreven a pulirme y modelarme. Según mis proporciones pueden darme talla brillante, princesa, pera, corazón, oval, marquesa y baguette o rectángulo, cada una con cantidad de facetas distinta que se selecciona de acuerdo a la que pueda conferirme mayor brillo y refracción según mi estado natural. Cabe mencionar que soy uno de los objetos más resistentes en el mundo: tan es así, que sólo otro ejemplar mío puede cortarme o rayarme.
Mi pureza está más relacionada con lo que yo llamaría mis pecas o lunares, aunque oficialmente les dicen “inclusiones”. Mientras menos tenga, más bello me consideran, y esto es catalogado por grados que sólo son perceptibles con lupas y lentes especializadas. Empresas como Tiffany & Co. rechazan el 99.96% de los diamantes gema para conservar sólo mis versiones más puras y limpias para su joyería.
En cuanto al color, mi tono más codiciado es el blanco o transparente, pero puedo tener tonalidades amarillas si hay partículas de nitrógeno en mí o azules si son de boro. Para determinar mi transparencia existe una escala de colores que divide los grados de color desde la D a la Z, establecida por el GIA (Gemological Institute of America) admitida internacionalmente. D significa incoloro o blanco y Z corresponde al amarillo o marrón de peor calidad. En otros casos, puedo lucir verde, marrón, negro, rosa, violeta, o hasta rojo (el menos común). Estos tonos se consideran de fantasía, y mientras más intensa su manifestación, mayor será mi valor.
Mi peso se mide en quilates, que no son iguales a los de las medidas del metal. El origen de este término es una antigua tradición en India de pesar los diamantes con granos de algarrobos (“kuara”), pues su peso era sumamente homogéneo. Los griegos la adoptaron, pero la renombraron ceration (que significa “cuatro granos”), y los árabes la llamaron qirat. Un quilate equivale a 0.2 gramos y a mayor tamaño, mayor valor, pues es menos común encontrarme a gran escala. Sin embargo, mi valor lo determinan la suma de todas las características anteriores, por lo que puedo existir con gran peso pero poca claridad, lo que me restaría calidad.
Cuando no tengo los atributos necesarios para desempeñarme en la joyería, me mandan a otras industrias. Ahí puedo servir en la ingeniería, pues soy un magnífico cortador, en la óptica, y hasta en la medicina. En estas profesiones resplandezco más por mi dureza y mi resistencia que por mi refracción y brillo.
Pero regresemos a la joyería, el giro con el que más se me identifica. Mi historia no está desprovista de misterios y leyendas. A algunas versiones mías, como al diamante Hope o al Orlov Negro, se le atribuyen los infortunios de sus propietarios.
En el caso del primero, fui originalmente el Tavernier Blue, proveniente de la India y robado de un ídolo religioso por el comerciante francés Jean-Baptiste Tavernier entre 1660 y 1661. Mi tamaño era impresionante: 115 quilates de esplendor. En 1668, me vendió a Luis XIV, monarca francés que me mandó cortar con el joyero real reduciéndome a 67 1/8 quilates para incrustarme en oro y poder portarme a manera de collar en solemnes ceremonias. Luego de mi venta, Tavernier quedó en bancarrota, huyó a Rusia y murió de hipotermia.
A Luis XIV no le fue mucho mejor conmigo. Su amante, Madame de Montespan, me deseó como obsequio, y cuando el rey la complació, ésta cayó en desgracia y falleció en el olvido. Al recuperarme, Luis XIV murió inesperadamente en 1715, y aquí fue cuando se empezó a sospechar que yo traía desgracia a mis propietarios.
Me heredó Luis XV, pero a él nunca le importé y me guardó por muchos años en un cofre. Vi la luz nuevamente con Luis XVI y María Antonieta, quien amaba lucirme y también me prestaba a su amiga la princesa de Lamballe, pero todos sabemos que eso no terminó bien: los reyes murieron en la guillotina y la princesa fue asesinada por la multitud revolucionaria enardecida. Entonces fui robado: mi ladrón me conservó hasta 1820 y me vendió en Holanda a Wilhelm Fals, quien nuevamente me cortó en dos. Una parte se la vendió al duque de Brunswick, quien quebró al poco tiempo. La otra mitad la conservó, pero su hijo me hurtó y me vendió al francés Beaulieu. Y por supuesto, ya te imaginas lo que sucedió: Fals murió misteriosamente, y su hijo se suicidó poco después.
Beaulieu tuvo miedo: ya eran muchas las muertes que tenía en mi haber, y aunque mi belleza lo deslumbraba, le parecía un objeto peligroso. Me vendió entonces a David Eliason, quien se deshizo de mí lo más pronto posible al venderme al rey George IV de Inglaterra, quien me incrustó en su corona y murió inexplicablemente. A inicios de 1824, llegué a manos de la noble familia Hope, quienes tenían una enorme colección de joyas y de quienes tomé mi nombre. Henry Phillip Hope falleció en 1839, y sus sobrinos se disputaron las alhajas por diez años, hasta que finalmente Thomas Hope la ganó. Aquí fui pasando de generación en generación, hasta que Francis Hope me obsequió a su esposa, la actriz May Yohe. Dos años después, el heredero se declaró en bancarrota y Yohe tuvo que darle sustento porque, aunque quisiera, no podía venderme sin permiso de la corte. Pudo hacerlo hasta 1901, y al año siguiente se separó de su mujer… obviamente, me culparon.
Mi nuevo dueño fue el joyero Adolf Weil, pero rápidamente me adquirió Simon Frankel, quien me llevó al otro lado del mundo: Nueva York. Nunca había estado allí y fui admirado y celebrado, me valuaron en $141,032 dólares. Pasé por muchas transacciones, hasta que llegué a manos de nada menos que Pierre Cartier. Fui una de sus posesiones más preciadas hasta que decidieron ponerme a la venta en 1911, y me adquirió la socialité Evalyn Walsh McLean. Estuve a su lado hasta que murió en 1947. En su testamento me dejó a sus nietos pero, al ser menores de edad, no podían ser beneficiarios y se consiguió un permiso de la corte para que pudieran venderme. Fue entonces cuando me compró Harry Winston, quien me llevó de gira por diversas exposiciones de joyería, en donde yo era la estrella de su colección. No sé qué pasó entre nosotros, o si se enteró de mi mala fama, pero decidió donarme, en 1958, al Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsoniana. Lo más curioso fue la manera en la que me hizo llegar ahí: ¡por correo postal y envuelto en papel de estraza! De milagro, llegué con bien y ahí resido desde entonces.
Hay otras versiones mías igualmente famosas, como el KOH-I-NOOR o Montaña de la luz y La Estrella de África, ambos propiedad de la corona británica. Está también el Diamante Centenario, mi ejemplar más grande, perfecto y moderno con nada menos que 247 facetas. El Orloff es una belleza de 300 quilates que fue robado de India, y hoy es parte del Tesoro de Diamantes de Moscú, en Rusia. El Regente es actualmente residente del Louvre, pero en otro tiempo fue propiedad de Napoleón Bonaparte, quien lo engastó en la empuñadura de su espada. Con forma de pera y un peso de 69,42 quilates, mi ejemplar más romántico se vendió en una subasta en 1969 y se decidió que tomaría el nombre de quien lo adquiriera: fue Cartier y me llamaron como esta maison française; sin embargo, al día siguiente me compró Richard Burton, conociendo la gran fascinación de Elizabeth Taylor por las joyas, por lo que hoy me conocen como Diamante “Taylor-Burton".
Son varias las empresas joyeras que me han dado un destacado lugar en la industria del lujo, entre las que se encuentran Tiffany & Co. y Cartier: Nueva York y París, dos capitales de la moda, la una con visión contemporánea, fresca y moderna, y la otra más clásica y de líneas europeas extremadamente elegantes. Cada una se encarga de seleccionarme con el mayor cuidado, de crear los diseños más lindos imaginables y, en ocasiones, hacer lo que más me gusta: dejar que me alguien me porte. Mis versiones más grandes y costosas están destinadas a colecciones privadas y, cuando no estoy en exhibición, suelen guardarme en bóvedas de alta seguridad. Pero, de vez en cuando, me toca ir al baile como Cenicienta: la gala del Met, la Fashion Week de París y Nueva York, y las premiaciones de cine son algunos de mis escenarios predilectos. Incluso me han dejado actuar en películas, como Ocean’s 8 en el cuello de Anne Hathaway en una de mis ediciones de Cartier, o Muerte en el Nilo, siendo mi versión amarilla de Tiffany & Co. la que luce Gal Gadot durante parte importante del filme. Pero todos me recuerdan más por la clásica película Breakfast at Tiffany’s, protagonizada por Audrey Hepburn.
Al venir de las profundidades de la Tierra, son muchos los misterios que me envuelven. Recientemente, encontraron en Siberia un ejemplar de lo más peculiar: un diamante dentro de otro. Me llamaron por ello “Matrioshka” y actualmente me analizan en el Instituto Gemológico de América.
Siempre imitado y, a veces, igualado. Actualmente, pueden crearme artificialmente sin necesidad de profundas excavaciones y millones de años de formación. Las diferentes autoridades gemológicas a nivel internacional se encargan de darles validez a estas versiones y su calidad es tan buena como la de mi versión natural. Existen también empresas que han desarrollado procesos de creación de diamantes a partir de cenizas humanas o animales — yo estoy compuesto de carbono, y este elemento también está presente en el cuerpo humano —, una singular forma de conservar algo de un ser querido en la familia.
Mucho se habla sobre cómo distinguirme de una falsificación, pero la realidad es que no hay “diamantes falsos”, más bien se trata de otras piedras, como circonias o cristales, que poseen un extraordinario brillo también, pero cuyas propiedades son algo distintas. Una forma de identificarme es utilizando un rotulador a base de agua sobre mi superficie: sobre mí no pintará, pero sobre otras gemas podrás ver el trazo que hayas hecho. Asimismo, si me sumerges en un vaso de agua, me hundiré hasta el fondo debido a mi gran densidad, mientras que otras piedras flotarán o se quedarán a medio camino. El agua no me opaca ni disminuye mi fulgor, cosa que sí sucede con el cristal, inclusive con los más finos como los Swarovski. Puedes probar también sometiéndome a los rayos X: los diamantes verdaderos no aparecemos en ellos, mientras que circonias, vidrio y cristales sí se ven en ellos.
En los últimos años, mi industria ha decaído. Durante 2019, mi producción cayó un 4% a nivel mundial. Empresas como De Beers han visto sus beneficios caer un 30%, lo que represente alrededor de 500 millones menos que en los tres años anteriores. El precio medio del quilate sigue la misma tendencia y ha caído un 7%. No es que destelle menos, pero quizás resulte menos atractivo para las generaciones actuales, mucho más fascinadas por la tecnología que por piedras preciosas, o al menos eso piensan mis inversionistas. Pero no hay problema: el mundo da muchas vueltas y puedo esperar a que me miren de nuevo.
Muchas personas se han considerado afortunadas al poseerme, pero en realidad es lo opuesto. Mi viaje es muy largo y, a veces, muy complicado — y hasta doloroso —, para llegar a las manos correctas. Es verdad que poseo cierta vanidad: me gusta ser lucido y admirado, pero a pesar de mi infinito fulgor y mi eterna silueta, necesito de algo más para brillar con toda mi intensidad y proyectar todo el espectro de colores del arcoíris: una sonrisa humana, ser colocado en el dedo de una mujer que me portará el resto de sus días como signo del amor con su pareja, estar engarzado en un collar y sentir los latidos de quien me luce al recibir un premio, alcanzar un sueño o abrazar a un ser querido, pasar de una generación a otra como el testimonio histórico de un amor. Ah, quizás pido demasiado pero, como dije, nací bajo presión y estoy destinado para la eternidad: puedo esperar el tiempo que sea necesario para que llegue ese instante de luz en el que mostraré todo mi esplendor.
“Nunca he odiado a un hombre lo suficiente como para devolverle sus diamantes.” — Zsa Zsa Gabor
"Es difícil ser un diamante en un mundo de imitaciones". — Dolly Parton
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Referencias:
- “Diamantes: Historia, origen, yacimientos, características físicas y propiedades”, en Blog Joyería Plaor, disponible en https://www.joyeriaplaor.com/blog/diamantes-historia-origen-y-yacimientos/#:~:text=En%201725%20se%20hallaron%20los,aqu%C3%AD%20aparece%20la%20industria%20moderna., visto el 11 de noviembre de 2020.
- “Hallan por primera vez en la historia un diamantes dentro de un diamante”, en National Geographic en Español, disponible en https://www.ngenespanol.com/descubrimientos/hallan-por-primera-un-diamante-dentro-de-un-diamante/, visto el 11 de noviembre de 2020.
- “Esta es la historia de los diamantes y cómo han cambiado al mundo”, por Bea Matiella en Qore, disponible en https://www.qore.com/noticias/49705/Esta-es-la-historia-de-los-diamantes-y-como-han-cambiado-al-mundo, visto el 11 de noviembre de 2020.
- “La maldición del Hope, el Diamante azul”, en La Vanguardia, disponible en https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-moderna/20200814/27234/maldicion-hope-diamante-azul.html, visto el 12 de noviembre de 2020.
- “Tiffany & Co.’s brilliant history”, en por Vivienne Becker Sotheby’s, disponible en https://www.sothebys.com/en/articles/tiffany-200-year-history#:~:text=Founded%20in%201838%20by%20Charles,now%20iconic%20signature%20colour%20blue., visto el 12 de noviembre de 2020.
- “Cómo distinguir un diamante verdadero de uno falso”, en El Rubí Joyeros, disponible en https://www.elrubi.es/blog/como-distinguir-un-diamante-verdadero-de-uno-falso/, visto el 12 de noviembre de 2020.
- “Sorprendentes diamantes de cremación: una idea conmemorativa emergente”, en Ever Dear, disponible en https://everdear.es/sorprendentes-diamantes-de-cremacion-una-idea-conmemorativa-emergente/#:~:text=M%C3%A1s%20y%20m%C3%A1s%20personas%20est%C3%A1n,y%20se%20reduce%20a%20cenizas.&text=Los%20diamantes%20de%20cremaci%C3%B3n%20son,de%20seres%20humanos%20o%20animales., visto el visto el 12 de noviembre de 2020.
- “Los diez diamantes más famosos del mundo”, en Joyerías Veracruz, disponible en http://veracruzjoyeros.com/blog/info/los-diez-diamantes-mas-famosos-del-mundo, visto el 13 de noviembre de 2020.
- “Quotes about diamonds”, Brainy quotes, disponible enhttps://www.brainyquote.com/topics/diamonds-quotes, visto el 11 de noviembre de 2020.
















Increíble post lleno de encanto y glamour. "DIAMONDS ARE FOREVER!!!
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