¿Cómo invertir en la bolsa? Los secretos mejor guardados de las mujeres en el accesorio más codiciado

 “Toma, si es necesario, esta bolsita de sueños, desata el cordón y te envolverán”.  

William Butler Yeats.


Pero ¿ya viste lo que cuesta? Si la compras, ya no tendrás qué ponerle dentro”. ¿Resulta familiar? Me he topado con esta reflexión muchas veces al estar frente a un bolso. No importa su tamaño, ni tampoco la ocasión. Hay bolsos para todo y uno nunca es suficiente. 


Algo curioso pasa con las bolsas. Las vemos y en nuestra mente se abre un mundo de posibilidades basadas en todos los usos que les daríamos: para ir a la escuela porque cabe hasta la laptop, para la oficina porque se ve chic, para la fiesta porque es classy, para esa caminata romántica porque le cabe lo esencial y no estorba, o simplemente porque quedaría “divina” con ese outfit que ha estado esperando su complemento perfecto.


Cuando de bolsas se trata, hay múltiples gustos en cada mujer. Es raro que las elijamos de un sólo color o tipo siempre, aunque generalmente hay una preferida. Mi hermana, por ejemplo, se decanta siempre por las bolsas color camel, mi mamá prefiere las negras, y tengo una amiga que siempre está midiendo que quepa su computadora… en lo personal, me gustan de muchos tipos: totes, satchels, cruzadas, de colores neutros, pastel o más vivos…Cada una imprime un estilo y estado de ánimo distinto a la vestimenta.

¿Han escuchado esa expresión de que una prenda “viste” mucho? Por extraño que suene, una bolsa logra vestir a un atuendo sin demasiado esfuerzo. Visualiza el outfit que quieras, agrega la bolsa adecuada, y verás cómo es instantáneamente chic: desde lo más simple, como unos jeans y una camisa blanca, hasta lo más elegante como un vestido de noche, reciben su broche de oro con los accesorios adecuados, entre los cuales, un bolso juega un papel protagónico.


La actriz sueca, y ex-chica Bond, Britt Ekland dice “Soy muy organizada últimamente, y guardo mi vida entera en mi bolsa, como casi todas las mujeres”. En la película Cómo perder a un hombre en 10 días, el personaje interpretado por Kate Hudson olvida “accidentalmente” el suyo en el apartamento del protagonista masculino, encarnado por Matthew McConaughey, y causa revuelo en la oficina de éste cuando dudan si deberían abrirlo o no. Parece tratarse de un verdadero misterio para los hombres qué tanto contiene la bolsa de una mujer. Y es que ¿qué no guardamos en nuestros bolsos? Hay mujeres que se conforman con llevar la tríada básica (cartera, celular y llaves), pero otras llevan mucho más. Evidentemente, depende de la ocasión, pero en el día a día, solemos meter a la bolsa todo aquello que creemos que podríamos necesitar: pañuelos desechables, un pastillero, quizás algún caramelo o mentas, un espejo y un lápiz labial (hay quienes cargan una cosmetiquera entera), una pluma y alguna pequeña libreta, quizás un costurero para las más precavidas, y si el tamaño lo soporta, inclusive un libro o la laptop. 


Es por todo esto que una bolsa puede ser la mejor aliada de una mujer y sacarla de apuros al contener las soluciones a la posible gama de dificultades a la que pudiera enfrentarse en su encuentro diario con el mundo exterior. Pero hay que cuidar de esta amiga, llenarla demasiado puede deformarla y quitarle estilo, provocando que desluzca y parezca más un fardo que una bella pieza digna de museo de la moda (por cierto, hay un par de museos del bolso, uno en Ámsterdam y otro en España). Sería maravilloso que la bolsita de Hermione, la mejor amiga de Harry Potter, existiera, pero al no ser así, hay que buscar el bolso ideal con capacidad suficiente para lo que requerimos llevar.


Pero, a todo esto, ¿de dónde viene el uso del bolso? Veamos cómo comenzó su historia.


A diferencia de lo que hemos visto con el perfume o el lápiz labial, con la bolsa no tenemos una fecha de origen tan precisa, pero sí podemos decir que son bastante más antiguas. Los pueblos prehistóricos trazaban en las paredes de sus cuevas las llamadas pinturas rupestres y, en algunas de ellas, podemos encontrar dibujos que ilustran personajes que portan algo parecido a un bolso colgado del brazo. Recordemos que el humano fue nómada, por lo que era importante contar con algo que le ayudara a guardar sus objetos para poder llevarlos consigo al nuevo lugar en el que se ubicara. De acuerdo con los arqueólogos, a este objeto se le conoce como alforje, estaba hecho de cuero y se podía usar atado a la cintura o colgado de los hombros. 


Posteriormente, encontramos en los jeroglíficos y esculturas egipcias algunos indicios de bolsas masculinas, que se usaban para llevar semillas o presas. Y Herodoto cuenta que, en el siglo V a.C. se inventó la bolsa de cuello anudado, pues los asirios requerían llevar los sellos de firma cuando comerciaban. 



Después, los griegos usaron la birsa, una bolsita de cuero pequeña que usaban cuando viajaban, y en la que trasladaban, entre otras cosas, aceites y esencias con las que se bañaban y perfumaban a falta de jabón, pues aún no se inventaba. Ahí mismo, el pintor Polignoto de Tasos aplicaba colores vivos a las mujeres de sus obras, y esos tonos se utilizaron también en las bolsas que en esa época se colocaban bajo las túnicas. Hay otros vestigios de las bolsas en monumentos funerarios grecolatinos, donde se observan personas portando pequeñas bolsas de mano.


En Roma, la birsa se convirtió en bursa (de donde proviene el término bursátil), y se utilizaba con el mismo fin por parte de hombres, mujeres y niños. Para darnos una idea de cómo era la bursa, basta recordar el filme Gladiador, en donde Maximus guarda las pequeñas esculturas de madera de su familia envueltas en un hatillo que colgaba de su cuello. Poco estético, pero muy funcional, se trataba de un artículo de primera necesidad porque las prendas de vestir no tuvieron bolsillos sino hasta el siglo XVI. Primero de cuero, y después de tela, era útil para llevar cosas pequeñas, como monedas, llaves, peines o cosméticos. La bursa se podía colgar también del cinturón o sobre el pecho, según el peso de su contenido, pero muchos romanos preferían llevarla al cuello, y luego comenzaron a engarzar joyas a ella, y el cordón se transformó en cadena, dando origen a otro accesorio del que hablaremos en otro post: el collar.


Llegamos a la Edad Media, y el bolso tuvo cambios. Ahora se elaboraba con piel de puerco o ciervo, y había, en el siglo XIII, todo un gremio de bolseros en París fabricándolos para los villanos (no los malos del cuento, sino los habitantes de las villas). La gente más acaudalada utilizaba bolsos de tela bordados. Podemos ver que aquí la bolsa comenzaba a ser un símbolo de estatus. Su mecanismo era diferente a los hatillos griegos o romanos, pues contaba con un par de cordones de cuyos cabos se podía tirar para cerrar la bolsa, y un cordón más que servía para colgársela. Estas bolsitas fueron un regalo muy cotizado: claro ejemplo de ello fue la boda de la condesa de Artois, quien recibió al menos doce de ellas elaboradas con tela de sarraceno.



Ya a finales del siglo XV, existían bolsas de seda bordadas enriquecidas con perlas y oro de Chipre. A veces tenían motivos religiosos y otras veces solo adornos florales hechos con pedrería.


Para esta época, hombres y mujeres usaban mucho el bolso. Nadie salía de casa sin uno colgado de la cintura. El paso del tiempo y la diversificación de las actividades humanas le habían ayudado a probar lo indispensable que resultaba en el día a día. Por esta razón, ya los había de todo precio y calidad. Como es de esperarse, los más artísticos fueron los italianos, repletos de adornos hechos con cordones, llenos de cintas y elaborados bordados, haciendo de éstos piezas únicas dignas de colección.


Esto continuó en los siglos XVI y XVII, cuando un bolso podía ser un obsequio de la nobleza a sus amistades, e incluso había una tendencia entre las señoras de alcurnia por bordarlos ellas mismas y competir por los diseños más suntuosos. También había bolsos de cuero en forma de sobres en los que se guardaban monedas de oro, y se entregaban en mano para pagar favores, deudas o importantes servicios; podría decirse que son los “abuelos” del maletín, y con ellos se hizo famoso el bolso misterio, que contaba con múltiples compartimentos secretos para objetos de valor, como monedas, perfumes, joyas, pomadas y espejos. 


El bolso cartera nace en el siglo XVIII. En él se portaban documentos y estaba hecho de seda o de piel. Fue en ese entonces que las bolsas pasaron a ser parte de la moda textil y a ser fundamentales en el vestuario de las mujeres, pues se fabricaban con los mismos delicados materiales con los que se hacían la ropa y los zapatos de las damas de sociedad, y los bordados siguieron siendo fundamentales para realzar su belleza, ahora inspirados en la pintura, la escultura, la historia, la literatura o con elementos de la flora y la fauna, y se elaboraban con retazos de tela o hasta con sobrantes de tapicería. Los marcos eran metálicos, y a veces se les incrustaban piedras preciosas. Cada uno era una pieza única, y eran tan valorados que se consideraban una valiosa herencia a familiares y amigos. Estos bolsos eran para llevar objetos personales, ya que el dinero se llevaba en otro accesorio que nació también en esta época: la cartera.


Los orfebres comenzaron a crear, en 1820, los primeros bolsos enmarcados con pedrería fina y hechos de malla de metal. Había toda una empresa dedicada a ello: Whiting and Davis Company, ubicada Pensilvania, Massachusetts. Originalmente, esta compañía diseñaba joyas, pero a partir de ese año y durante más de 100, destinó su actividad a este otro giro. Sus diseños incluían compartimientos para cosméticos, joyas, carteras y hasta cigarrillos.



La vestimenta femenina cambiaba rápidamente, y los bolsos lo hicieron con ella. A principios del siglo XIX, se creó la primera línea de bolsos diseñados exclusivamente para llevar objetos de mujeres (maquillajes, abanicos y pañuelos), que además se adecuaban a la clase social. A mediados de siglo, surgieron las primeras bolsas de viaje, que eran como maletas miniatura, con un sistema de apertura y cierre práctico y seguro, un compartimento supuestamente secreto y una llave. 


En la España de principios de 1900, las damas complementaban su atuendo con los llamados ridículos, bolsos de tela bordada con cierre de acero, que contaban con cordón o cadenillas como asas. ¿Por qué se les llamó así? Se cuenta que ya eran tantas las cosas que querían llevarse, que era imposible seguir ocultándolas en el escote o en los pliegues de las faldas que dieron origen a los bolsillos, así que se crearon los “retículos”, también conocidos como “indispensables” o “balandranes” para guardarlas. La sociedad les apodó “ridículos” porque era precisamente lo que evitaba en las personas al permitirles almacenar sus pertenencias allí. 



Mientras más decorado estuviera el ridículo, mayor estatus era el de su propietaria. Eran pieza obligada en el look de toda mujer para poder ser considerada para el matrimonio. Sus diseños fueron variando según la moda del momento, pero cada vez querían guardar más accesorios, como el abanico (un básico indiscutible de la época), polvos para retocar su maquillaje o perfume. Los hombres ya no usaban bolsos en estos tiempos, se limitaban a colocar sus cosas en los bolsillos de sus pantalones, sacos y chaquetas.


La bolsa llega a su edad de oro en el siglo XX, cuando su funcionalidad está completamente supeditada a su belleza, pues es ésta la prioridad. En los años cuarenta y cincuenta, se pensaba que debía hacer juego con los zapatos y el vestido, por lo que lograrlo con maestría suponía una gran elegancia. Por ello, divas como Marlene Dietrich encargaban a la misma firma bolso y zapatos. Los diseñadores más renombrados de la época dejaron de enfocarse en vestidos y faldas para mirar con mayor atención al bolso. De aquí nacieron los hermosos y extremadamente caros Hermès, que llegaron a su máxima fama con Grace Kelly. 




Otra belleza de la época, la icónica Audrey Hepburn, fue la musa de Hubert de Givenchy en toda su gama de productos, y la bolsa no fue la excepción: la casa francesa le hizo bellísimos modelos en piel y charol.


En la década de los 40, nace Coach en Nueva York, utilizando los mejores materiales para crear bolsos que fuesen prácticos y estéticos, pero también relativamente accesibles para las mujeres de la época. Muchas siluetas como las duffle y las charlie, siguen vigentes hoy en los diseños que encontramos en sus boutiques actualmente.


Alguna vez alguien dijo “quiero que me mires de la manera en la que yo miro una bolsa Chanel”. La siempre práctica Madame Coco creó el bolso 2.55 en febrero de 1955, de ahí su nombre. Fue el primer bolso “manos libres”, pues en su época se acostumbraba llevar los bolsos en las manos, y eso dificultaba la movilidad y la actividad femenina al exterior; es además una bolsa simbólica de piel negra con costuras formando cuadros, que le dan la imagen de “acolchado” que la distingue. Años después, fue Jean Paul Gaultier, el enfant terrible de Pierre Cardin, el más revolucionario con bolsos de cacerola (tipo “bucket”), las primeras mochilas como artículo de moda y bolsitos diminutos, más estéticos que útiles.



Los sesenta parecieron querer deshacerse de toda esta femineidad de catálogo con la llegada del feminismo beligerante, promoviendo la tendencia del uso de mochilas, sacos, morrales y mallas. Pero el bolso no se dejó vencer, se fusionó con ellos, y en las siguientes tres décadas llegaron las backpacks de vestir y las market totes, modelos que usamos aún hoy y que van evolucionando según los colores, las texturas y los materiales en boga. 


En 2007, nació el bolso Neverfull, icono de Louis Vuitton y objeto del deseo de millones de mujeres en el mundo marcando un antes y un después en la historia del bolso. ¿La razón? Viene en tres prácticos tamaños PM (petite), MM (moyène) y GM (grande), ninguno es en realidad pequeño, pero realmente hace honor a su nombre: le cabe todo y parece nunca llenarse. No pierde su forma a pesar de su gran capacidad, y está hecho de lona. Un par de cordones ajustables permiten cambiar su silueta, y aunque sea un bolso del día a día, no pierde un ápice de chic, ya sea estampado con el clásico monograma de la maison, o en sus tonalidades damier ébene o damier azur.



En un artículo del diario El País, publicado en febrero de 2014 por Leticia García, la autora nos habla de la psicología de este accesorio. Hay dos puntos clave que podrían resaltarse aquí: el primero es que bolso y zapatos son las únicas prendas que una mujer puede usar y admirar al mismo tiempo: no podemos admirar nuestra vestimenta todo el tiempo, sólo cuando estamos frente a un espejo, pero en cambio, nuestra bolsa puede ser disfrutada por otros y por nosotras. El segundo tiene que ver con lo efímero de las prendas: cambiamos a diario nuestro outfit, pero no es necesario hacer lo mismo con la bolsa, pues combina con mucha ropa y podemos usar la misma por semanas si así lo deseamos. 


Pasemos ahora a los números. 


Recientemente, en un estudio se reveló que el 22% de las mujeres en Estados Unidos elegiría un bolso de lujo de poder derrochar su dinero en algún artículo de diseñador. 


¿Y quién dice que las mujeres no invierten en la bolsa? Todas lo hemos hecho alguna vez… Claro, de otra clase. De acuerdo con las estadísticas de la industria de moda de lujo, en los países de primer mundo, cada mujer adulta compra, en promedio, tres bolsos al año. Sus precios oscilan entre los $800 y los $12,000 dólares. Estos montos corresponden a marcas de lujo, consideremos que hay bolsos de excelente calidad disponibles en una amplia gama de precios y marcas más accesibles. Es por esto que, en el mercado de las prendas usadas, son las bolsas de diseñador las más buscadas.


Y es que marcas como Hermès y Cartier han aumentado sus precios entre 50% y 60% durante la última década, mientras que las marcas más cotizadas, como Louis Vuitton y Gucci, los incrementan constantemente en un 10% cada año. Su continua popularidad, a pesar de sus precios ya interestelares, muestra que hay mercado para todo y quienes las compran cuesten lo que cuesten.



Esto me lleva a hablar de la piratería. El 80% de los llamados “clones” o “espejos” corresponden a bolsos, seguidos por los zapatos y, ya posteriormente, por el resto de las prendas. Con las copias cada vez más convincentes, las casas de moda se han dado a la tarea de crear diversas formas de distinguir una bolsa auténtica de una imitación. La calidad es la más importante, pero para ojos menos adiestrados, existen los certificados con folios de autenticidad, o los date codes. Lo importante es que quien compra no reciba “gato por liebre” y que sepa que, si se trata de un producto aparentemente muy bueno por un precio muy bajo, es bastante probable que no sea una pieza auténtica. 


Aún con la piratería navegando a toda vela y con el viento en popa, se dice que la venta total de artículos de lujo en Estados Unidos es de aproximadamente $525 mil millones de dólares y las bolsas de diseñador contribuyen en gran medida a esta cantidad. A eso faltaría sumar la contribución del resto de los bolsos, ya sean de casas más accesibles o producción en serie.


Ha sido largo el camino del bolso y lo ha recorrido literalmente tomado de la mano del ser humano. No es sólo su calidad y elegancia, es la belleza aliada a la funcionalidad. Independientemente de su precio o su material, de su color, su estilo o su tamaño, todos los bolsos tienen la misión de acompañarnos llevando en su interior nuestros objetos esenciales y también algunos misterios. Traen consigo nuestras ganancias y las facturas de nuestras deudas, los pendientes que anotamos en un trozo de papel y la cajita de mentas que nos regalaron en un restaurante. Una carta de amor, una receta médica, un lápiz labial… tal vez sea ése el verdadero encanto de una bolsa: su capacidad para guardar todos estos secretos y no mostrarlas a nadie más que a su portadora.

Comentarios

  1. Wow, tanta historia detrás de algo tan "sencillo" pero q ciertamente significa mucho para tantas chicas, muy buen artículo 😊

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  2. Wow todo un análisis estético y cultural acerca de un accesorio tal bonito tan común y tan necesario,muy bonito artículo

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. El recuento histórico de la bolsa es una pequeña mirada, pues son portadoras de historias de vida, de cotidianidad, del paso del tiempo...Y llegan a convertirse en "cofres" al resguardar objetos de toda índole, por ejemplo: fotografías, estampas religiosas, pañuelos bordados (ahora en desuso), identificaciones, monedas, etcétera. Mi mamá me heredó una cartera de piel y un bolso de charol, ahí encontré varios recuerdos que ella resguardó...todo de hace 50 años... experiencias que se aferran a la memoria.

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    1. ¡Qué bonita historia! Gracias por compartirla. Las prendas con bagaje familiar tienen aún más significado por el valor sentimental que llevan y las memorias que guardan.

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  5. Me faltaba este, wooow, wooow, wooow. Mientras leía no pude evitar pensar en lo que se puede llegar a invertir en una bolsa, en la variedad de estilos y definitivamente, en lo hermosas que son!!! E increíble toda la historia que me has permitido conocer. Gracias!!

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    1. ¡Me da gusto que lo encontraras interesante! Estuve pensando en ti al escribirlo porque siempre pienso que tus bolsas tienen poderes de Mary Poppins, jajaja: ¡traes de todo! : )

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