¿Sexy o sexista? El eterno debate del brassière y su razón de existir

“Parece que siempre me ven perfil de mujer fuerte. Constantemente me envían ofertas para interpretar a mujeres duras con armas de fuego, de ésas que no usan sostén y portan una camiseta sin mangas. Me gustaría interpretar a mujeres fuertes que también sean muy femeninas.” — Angelina Jolie


“Tengo más fe en mi brassière que en mi contador.” — Laurie Notaro





Femenino, delicado y seductor, y a la vez, estigmatizado, detestado y arrumbado. Me han encumbrado repleto de diamantes en pasarelas y he sido quemado en basureros. ¿Cómo puede una prenda generar tanta polémica? Nunca he estado en contra de las mujeres, todo lo opuesto: pretendo proporcionarles seguridad y darles ese empujoncito que necesitan para mirarse y decir “me veo muy bien, me siento sexy.


Quizás por eso Jasinda Wilder me compara con las buenas amistades: soy difícil de encontrar, estoy cerca del corazón y doy soporte cuando se necesita. Pero también se me relaciona con incomodidad, tortura y hasta machismo. Considero que sentirse hermosa y atractiva no tiene por qué asociarse a una guerra de género o percibirse como una sumisión. Es un derecho de toda mujer, a cualquier edad y en todo momento de su vida, y si puedo contribuir a eso, he cumplido mi más importante cometido.


¿Mi poder? La seducción ¿Mi misión? Proteger y sostener ¿Mi apariencia? Extremadamente variable. Soy el brassière, o la prenda femenina que provoca más sentimientos encontrados. Seguro que recuerdas la primera vez que me compraste. Probablemente fuiste con tu madre a elegirme y estuviste evaluando diversas opciones entre encajes y moños. Algunas chicas llegan a las boutiques con timidez y desean no ser vistas cuando están seleccionándome y decidiendo llevarme al probador, mientras que otras están ansiosas por adquirirme y portarme como si yo fuese el inicio de un nuevo capítulo de su vida llamado pubertad. 


Con el paso del tiempo, la actitud hacia mí mantiene su polaridad: hay mujeres que me usan todos los días, que me ven como a su más confiable amiga y que cuentan con varios modelos de mí - desde los más básicos hasta los más sensuales, pasando por los deportivos. Hay chicas que, en cambio, me evitan cada que pueden, que me encuentran bello pero incómodo, y las más extremistas me describen como la antítesis del feminismo.


A lo largo de los siglos, he cambiado radicalmente para adaptarme a gustos, épocas, necesidades y modas. Antes de mi nacimiento, en el antiguo Egipto, las mujeres solían llevar el pecho descubierto, usando generalmente faldas o, en su defecto, el kalasiris o vestido de vaina, que comenzaba su cobertura debajo del pecho y podía ser largo (para la realeza) o corto (para la clase trabajadora, por su comodidad). En India se encuentran los primeros vestigios de una prenda similar a mí, llamada kanchuka, un corpiño apretado de media manga.


Mi apariencia en Grecia era algo distinta. Existen algunas pinturas que datan de 4,500 a.C. que muestran que en Creta las mujeres portaban lo que hoy llamaríamos bandeus para proteger su pecho mientras practicaban atletismo. Sin embargo, al mismo tiempo había una versión mía muy opuesta, que más que cubrir los senos, los exhibía y levantaba. Basta con mirar las esculturas cretenses de la Diosa Serpiente, en donde parezco más un corsé que enmarca el busto. Los griegos clásicos me dieron muchos nombres: apodesmos o mastodesmos, que significa literalmente “banda de mama”, era un trozo de tela que envolvía el pecho y se ataba en la parte de atrás. También me llamaron strophion o kestós, siendo este segundo el que se refería específicamente a la faja encantada de Afrodita en La ilíada, con la característica sobrenatural de hacer que cada mujer que la portara fuese irresistible a los hombres. No lo sé, quizás sea a esta leyenda de la Diosa del Amor a quien le debo todo ese sex appeal con el que me asocian.






Mi episodio romano fue un tanto distinto. Ahí me conocían como mamillare (muy parecido al apodesme), pero existí también como fascia, una prenda que portaban las niñas para evitar que sus senos crecieran demasiado, pues en esa cultura se les relacionaba con la vejez o con mujeres poco atractivas (¡Cómo cambian los tiempos!).


Más tarde, durante la dinastía Ming (siglos XIV a XVII) en China, y hasta la dinastía Qing (siglos XVII a XX), se popularizó mi uso en forma de dudou, un delicado corpiño de seda que se ataba a la cintura o alrededor del cuello.


Llegó la Edad Media y, con ella, el deseo por ocultar los senos. Los vestidos tenían corpiños rectos y escotes altos. Por mucho tiempo se pensó que nadie me usaba en esta época, especialmente por el famoso Edicto de Estrasburgo, en el Sacro Imperio Romano, de 1370, que declaraba que “ninguna mujer sostendría su busto por la disposición de una blusa o vestido ajustado”, pero hay pruebas que demuestran que no se cumplió del todo: en una expedición arqueológica en un castillo de Austria, encontraron cuatro ejemplares míos de encaje y otros textiles.



Con el Renacimiento se buscó mostrar todo lo que antes se ocultaba, y esto aplicó con creces al escote. Tener un busto firme era un símbolo determinante de belleza, de ahí que las mujeres de clase alta evitaran amamantar y se popularizaran las nodrizas. 


A mediados del siglo XV, nació mi pariente más odiado: el corsé. Aunque la figura de reloj de arena que otorga al cuerpo femenino sea ampliamente codiciada, es bien sabido que usarlo implicaba una verdadera tortura, además de un peligro real para la salud. En los libros de historia, suele atribuirse su uso a Catalina de Medici, pues los rumores dicen que prohibía a las mujeres de la corte tener cinturas anchas en la década de 1550, lo que las forzaba a apretujarse en dolorosos armazones de acero. Lo cierto es que no todas las féminas podían usarlo porque la clase trabajadora no hubiera podido llevar a cabo sus labores en semejante prisión: ellas se limitaban a usar corpiños o una ligera atadura debajo de la línea de su pecho. 



El esplendor del corsé llegó con María Antonieta y sus damas: vestidos extremadamente ceñidos en la parte superior, con corsés de lino y pasta y un frente plano decorado justo debajo del escote llamado busk, que por lo general iba adornado con encajes o gasas con listones justo donde se asomaba el busto. Por si esto fuera poco, se añadieron soportes metálicos atrás y a los lados, generando una compresión máxima que oprimía el vientre y que casi desbordaba los senos y asfixiaba a las mujeres. En esa época era muy común que las damas se abanicaran constantemente, pero lejos de ser el gesto elegante y coqueto que deseaba aparentar, era una desesperada búsqueda de oxígeno previa al desmayo, que llevaba a considerar a las mujeres el sexo débil. Dolores de espalda, problemas de respiración y hasta abortos son algunas de las consecuencias que esta “oveja negra” de mi familia trajo. 


Con la Revolución Francesa, llegó un rechazo a todo lo que tuviera remembranza a la corte, por lo que los corsés fueron mal vistos. Regresé entonces en una forma más sport y ligera. A partir de este momento hubo un ir y venir tan interesante como intenso en el que pareciera que el corsé y yo jugábamos carreras de relevos. Quizás el siguiente episodio protagónico de esta prisión de varillas llegó con la Era eduardiana, cuando las mujeres buscaban realzar su pecho y su derrière haciendo uso del corsé en equipo con otro instrumento peligroso: el polizón.


Los profesionales de la salud continuaban preocupados por las consecuencias del uso de estas prendas, por lo que recomendaron mi uso. Al principio, me sentía rechazado pues era caro y pocas chicas se atrevieron a desafiar el paradigma impuesto por la sociedad en cuanto a cómo debía lucir el cuerpo femenino. 


Muchos se pelean mi paternidad, hay una enorme cantidad de patentes de sostén registradas a principios del siglo XIX. Mi primer modelo push up fue encontrado en una bodega del Museo de Ciencia de Londres. Henry S. Lesher registró en Nueva York un sostén para dar simetría al pecho, y un “porto-sujetador” se patentó a nombre de Luman L. Chapman en Nueva Jersey. Olivia Flynt diseñó cuatro modelos llamados “cintura Flynt” para las mujeres con busto grande en 1876, que vendió primero por correo y después en tiendas departamentales y catálogos. 


La francesa Herminie Cadolle hizo el primer bra moderno en 1889, le llamó la gorge du corselet y contaba con correas para los hombros. Exhibió su creación en la Gran Exposición de ese año y creó una compañía dedicada a su confección, también responsable de la adición del elástico. En 1893, Marie Tucek patentó en Estados Unidos otra versión mía: la suya constaba de una especie de bolsillos separados para cada seno con correas para los hombros con broche de gancho y una placa metálica a modo de soporte. 


Por mucho tiempo, mi fabricación no fue en serie, sino en casa. Con la Primera Guerra Mundial vino la escasez del metal, y con ello di mi golpe definitivo al corsé al no requerirlo. Comenzaron a crearme en masa entre 1912 y 1913 en Alemania. Con las 28,000 toneladas de metal que se ahorraron, pudieron construirse dos acorazados para la guerra.


De entre todos mis creadores, mi favorita es Mary Phelps Jacobs. En 1910, con tan sólo 19 años, ella me ideó para salir de apuros, pues tenía una fiesta en la que debía lucir un hermoso vestido cuyo corte revelaba la fea estructura del corsé de hueso de ballena que se usaba en la época. Rápidamente pidió ayuda a su doncella y ésta le ayudó a coser dos suaves pañuelos de seda adicionando una cinta y un cordón. Sencillo pero extremadamente funcional, fui la sensación de la noche, y Mary empezó a hacer más ejemplares para su familia y amigas, hasta que la voz se corrió tanto que un extraño tocó a su puerta ofreciéndole un dólar por cada pieza. Ahí cayó en la cuenta del potencial de negocio que había en mí y me patentó en 1914 como “sujetador sin espalda”.



Aunque los grandes almacenas le hicieron pedidos, Mary —ahora Caresse Crosby— no vio mucho progreso, y su esposo la convenció de terminar su proyecto. Poco tiempo después, vendió su patente a Warners Brothers Corset Company por $1,500 dólares, compañía que creó el modelo “Crosby” en su honor y con el que logró ganar más de $15 millones durante los siguientes 30 años. 


Con la década de los 20’s, llegó la silueta “flapper”, en la que la moda dejó de acentuar las curvas femeninas al decantarse por vestidos más holgados y sin cintura definida. Yo me convertí en un ligerísimo bandeau que lejos de aumentar tallas, aplanaba la apariencia del pecho. El gran inconveniente era que me hacían prácticamente de un solo tamaño, por lo que evidentemente no me ajustaba a todas las mujeres. La modista Ida Rosenthal se percató de este problema y, con ayuda de su esposo William y la inversión su jefe Enid Bissett, propietario de la tienda Enid Frocks en Nueva York, fundó la compañía Maiden Form, responsable de diseños míos para mujeres de todas las edades y tallas. La llamaron así para contrastar con la “boyish form” que daban los sostenes aplanadores que les precedieron. 


Ya para la década de 1930, era literalmente abrazado por el sexo femenino. Me llamaban “bra”, cariñoso diminutivo que señalaba a esa amiga que estaba para darles soporte y estética, y dejé de ser una artesanía casera para convertirme en un producto manufacturado en serie. Por cierto, el origen de mi nombre, brassière, es francés, y significa “camisilla”. Existe una leyenda urbana que asegura que me inventó Otto Titzling (que por su sonido en inglés parece decir “tit swing”) quien aparentemente sostuvo una intensa pelea legal con Phillip de Brassière (que suena como “fill up the brassiere”), resultando este último ganador y patentándome a su nombre. Aunque gracioso, este rumor es falso: se trata de personajes inventados por el escritor Wallace Reyburn en su obra de 1972 Bust-Up:  The  Uplifting  Tale of  Otto  Titzling  and the Development of the Bra.


Nunca olvidaré el otoño de 1932, cuando la empresa SH Camp and Company decidió considerar no sólo el tamaño de la espalda sino también el volumen de los senos para elaborarme. Así surgieron las copas A, B, C y D, medidas que aún hoy prevalecen. En esta misma época, añadieron varias filas de broches de ojo y gancho a mi espalda, para que cada chica pudiese ajustarme a la medida que le pareciera más cómoda. 


Comencé a ser objeto de campañas de publicidad y, como sucedió con otras bellas piezas de la moda, yo también me gané un lugar en Hollywood. Exisitía ya en una gran variedad de telas, patrones y colores, con correas ajustables, elástico y hasta copas acolchadas. Se capacitó a infinidad de vendedoras para ofrecer mi modelo más adecuado a cada clienta y la moda dictaba que mi silueta fuera puntiaguda. 


Los años cuarenta llegaron con una fuerte tendencia utilitaria. La Segunda Guerra Mundial tuvo un poderoso impacto en la ropa y las mujeres se alistaron por primera vez. La empresa de equipos de seguridad para trabajadores Willson Goggles me introdujo en forma de “Saf-T-Bra”, siendo mi objetivo proteger a las mujeres en las labores de manufactura y estaba hecho de plástico. 


La guerra estaba en todas partes, y la mercadotecnia no tardó en tomar su terminología para apodarme “Torpedo” o “Bullet bra”, mis versiones más puntiagudas a la fecha y que pueden verse en muchas películas antiguas, donde las actrices me usaban debajo de sus suéteres, lo que dio origen al estereotipo de “sweater girl” o “vecina de a lado”: una chica atractiva, segura, sexy y sin temor a mostrar sus curvas. Jane Russell y yo protagonizamos The Outlaw, filme de Howard Hughes en el que el propio director me diseñó. El éxito de mi efecto fue tal, que todas las mujeres de la época quisieron imitar a la diva. 


Para 1950, yo ya era un bien básico en el armario de cada mujer. Con el fin de la guerra, había más materiales disponibles y, en la era del baby boom, fue necesario considerar fabricar versiones mías para la maternidad y la lactancia. Conservé toda mi elegancia y sensualidad: la televisión me dio otro espacio para darme a conocer y en Hollywood era un astro más al ser lucido por Lana Turner, Patti Page y la sex symbol Marilyn Monroe, a quienes les regalaba una talla más en mi forma de bala. 



Justo cuando pensaba que no había mujer en el mundo que no me deseara, llegaron los sesenta y, con ellos, estas ideas de liberación que, poco a poco, permearon en todas las esferas de la sociedad y no perdonaron a la moda. Coronas de flores, estampados coloridos, calzado estrafalario: la libertad de expresión estaba en todo su esplendor, usando la moda como uno de sus lenguajes. El problema llegó cuando, por alguna razón, las mujeres me vieron como el enemigo: fui insultado, llamado machista y hasta quemado junto con algunos otros objetos que, al igual que yo, pasaron de ser aliados a considerarse feminidad forzada. ¿Cómo pasó? Sinceramente no lo sé, pero aún puedo sentir las llamas de la protesta de Miss América en 1968. 


El hecho de que me quemaran en masa es un mito, pero definitivamente viví algunos casos así: sé que todos tenemos lecciones que aprender, y que nuestra existencia no siempre veremos la vie en rose, pero siempre he pensado que fue injusto. Sin embargo, como buen fénix, renací de mis cenizas: había quien creía en mí y no me dejé vencer. En esta misma década nació la empresa canadiense Wonderbra, en donde me lucí atrayendo todas las miradas con diseños mucho más atrevidos, que levantaban el busto y hacían del escote un atributo de lo más atractivo. Mis ventas con esta marca superaron los $120 millones de dólares en su primer año y se me veía como un objeto romántico y sensual. Por si esto fuera poco, mi familia creció y nació mi primo hermano: el bikini. Desde ese momento, lingerie y trajes de baño nos convertimos en la mancuerna invencible de las prendas más sexies del guardarropa femenino, y no pensamos ceder nuestro lugar.



1970 fue un despertar y un punto de no retorno. Adquirí una forma más natural y redondeada, y pensé que con eso dejarían de llamarme “falso” o “forzado”. El 12 de junio de 1977 se fundó la compañía que me atrevería a llamar mi embajada: Victoria’s Secret. Roy Raymond se sentía incómodo siempre que iba a comprar ropa interior para su esposa Gaye. En ese entonces, estos artículos se vendían en tiendas departamentales y en algunos supermercados, y cada que iban se enfrentaba a bastidores repletos de batas de tela de toalla, feas pijamas de nylon con estampado en flores y modelos míos más destinados a la utilidad que a la estética, sumando a ello las intensas miradas de las vendedoras, que interpretaba como un mensaje de que no era bienvenido allí. 


Las marcas predominantes eran Hanes, Fruit of the Loom y Jockey, y nadie pedía más del underwear que duración y funcionalidad, vendidos en paquetes de tres en tres con colores básicos. Raymond investigó profundamente el mercado y se percató de que la ropa interior más hermosa era considerada un producto de nicho y se vendía en tiendas de especialidad y como artículos de luna de miel. ¿Acaso las mujeres sólo podían lucir encaje y seda en su noche de bodas? Eso sí que me parece una injusticia y una demostración de machismo: es un derecho de toda mujer desear lucir hermosa, por y para ella misma, y si se siente más bella y segura portándome, que así sea. 


Con un préstamo de $80,000 dólares — la mitad aportada por su familia, y la otra mitad por el banco —, Raymond fundó la más representativa de las marcas de lencería y la primera en exhibirme en sus aparadores como la estrella de un atuendo. La llamó Victoria’s Secret haciendo alusión al refinamiento victoriano y a un secreto que parece permanecer oculto en las prendas que comercializan. Su crecimiento fue exponencial por décadas, abriendo boutiques en varias partes del mundo, siendo las primeras tiendas de diseño especializadas en lencería.



Gracias a esto se crearon otras exclusivas marcas, como la exquisita La Perla o la muy atrevida L’Agent Provocateur, lo que para mí significó ser asociado nuevamente a la máxima feminidad, al romance y a la pasión, olvidarme del oscurantismo de los cajones y brillar en escaparates y pasarelas. Mi fabricación especializada toma 12 a 18 meses, pues mis diseñadores quieren que luzca y me sienta perfecto sobre la piel femenina. 



Las siguientes dos décadas me llevaron a conquistar el mundo entero. Viajé por todas partes y mujeres de todo el globo me adquirían. Me adapté a los tiempos y a los vestuarios: halter, strapless, de tirantes cruzados, balconette, bralette, triángulo, push up y hasta bombshell. Blanco, lleno de color o negro, repleto de encajes, listones y satín, o con algodón y estampados. Es como usar maquillaje acorde a la ocasión. Cada quien podía elegir la silueta que más le gustara, no había una sola forma permitida, y aunque la natural redondeada era la preferida, Jean-Paul Gaultier revivió mi forma puntiaguda para la reina del pop: la siempre vanguardista Madonna.



Llegué sin cobertura a los reflectores con el Victoria’s Secret Fashion Show, en donde mi más sublime representación, el Fantasy Bra, era portado año con año por alguna de sus “ángeles” como premio a su trayectoria. Mis versiones más espectaculares tienen un valor de hasta $3 millones de dólares, y me encuentro ataviado por diamantes, perlas, zafiros, oro y cristales, que me hacen brillar casi tanto como el rostro sonriente de la mujer que me lleva al ritmo de su pasarela. Me honraba profundamente el momento de la revelación: ese instante en el que los diseñadores me presentan guardado en una caja o bajo terciopelo a la modelo elegida. Cada una reacciona de una manera distinta ante mi suntuosa presencia: unas lloran de felicidad, otras gritan con emoción, hay quienes se quedan sin palabras. Lo cierto es que el verdadero honor es el mío, pues nada es más hermoso para una prenda que ser lucida por una dama que nos ve como aliados, escudos, confidentes y portadores de ese allure que sólo se consigue con una tremenda confianza en sí misma. 



Ese hermoso capítulo de mi vida se cerró, espero que sólo sea temporalmente, aunque lo desconozco. Vivimos en otro tiempo, uno que está en constante cambio y lleno de opiniones encontradas, en el que cualquier cosa, por pequeña que sea, puede ser motivo de una polémica que antes sólo provocaban las guerras. Me alegra que haya más libertad de expresión, pero me entristece que muchas veces sea proporcional a la falta de criterio.


Toda acción y toda creación pueden tener connotaciones positivas y negativas, depende del uso que se les dé y del cristal con el que se les mire. Entre el 75% y el 95% de la población femenina occidental me viste, y, aún así, me arrojan piedras: me acusan de ser incómodo y no reparan en que aproximadamente el 80% de las mujeres usa la talla incorrecta, entonces ¿quién es culpable?



Soy objeto de enorme discriminación: machista, carcelero, superficial… adjetivos que hieren a aquel que busca ser sexy, atractivo, romántico y confidente. Conozco mi efecto en el sexo masculino y quizás por eso sufra de acusaciones como las mencionadas. Ellos me ven y, como si de un reflejo se tratase, no pueden bajar la mirada, quedan hipnotizados y dejan volar su imaginación... quizás mil imágenes pasan por su mente mientras nosotras — o sea, las chicas y yo — los vemos babear inconscientemente y reímos. 


Pero usar un brassière no es “cosificar” a una mujer, es darle ese pequeño toque de confianza que todos necesitan de vez en cuando: las mujeres están repletas de cualidades en todos los aspectos. Son seres brillantes, colmados de ideas y sueños, con una fortaleza que las hace lograr sus propósitos por difícil que sea la situación, todo ello en una envoltura tan estética como funcional, que son sus cuerpos. Lucir un bra es resaltar la belleza de uno de los atributos físicos más femeninos y sin el que, físicamente, se sentirían incompletas, uno que es capaz de alimentar, dar calor y resguardar esa joya por la que vale la pena luchar la vida entera: su corazón.


¿Sexy o sexista? Puedo ser ambos o ninguno. Eso lo decides tú.




“Me siento más hermosa cuando me siento segura de mí misma.” — Barbara Palvin


“Si Dios no hubiese querido que cazáramos a los hombres, no nos hubiera dado WonderBras.” — Kathy Lette





Nota: El tema de este post fue seleccionado para conmemorar el 19 de octubre, Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama.






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Referencias:


  • “Las evolución del brasier”, en Vanidades, disponible en https://www.vanidades.com/fotos/evolucion-del-brasier-historia-del-brasier-sujetador-sosten/#:~:text=Seg%C3%BAn%20la%20historia%2C%20el%20primer,llevar%20los%20senos%20al%20aire.&text=Algunos%20historiadores%20atribuyen%20la%20creaci%C3%B3n,el%20cors%C3%A9%20en%20dos%20partes., visto el 21 de octubre de 2020. 

Comentarios

  1. Sin palabras para expresar la admiración y adoración que representa para los hombres esta prenda tan sexy y sublime. Fascinante artículo. Simplemente Fascinante!!!

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