El botón: historia del pequeño más grande de la moda

 “Los botones son los fósiles del mundo sartorial, perdurando mucho más allá de las prendas para las que fueron diseñados.” — Martha Stewart


“Puedes convertirte en un arcángel, un tonto o un criminal, nadie lo verá. Pero cuando falta un botón, todo el mundo lo ve.” — Erich Maria Remarque


Redondo, cuadrado, ovalado o con silueta de flores, animales o hasta anclas y otros objetos. Metálico, hecho de joyería, antes de hueso y ahora también de plástico. Soy pequeño y a menudo me dan por sentado. Estoy presente en el día a día y, a pesar de mi tamaño, he demostrado ser esencial. Me ves a diario y me notas más cuando me caigo o me pierdo. 


En su magistral obra El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien escribió que “incluso la persona más pequeña puede cambiar el curso del futuro. Quizás no sea una persona, pero definitivamente marqué un antes y un después en la historia de la moda, y de la humanidad. Soy el botón.


Nunca conocí a mis padres. Me refiero a que no sé quién me inventó y tampoco sé exactamente cuándo nací. Lo que sí recuerdo es que mis primeros ejemplares fueron conchas de moluscos, especialmente aquellos que de manera natural tenían un agujero en el centro. Esto fue hace unos 3,000 años en el Valle de Indo, al noroeste de India, en donde actualmente se encuentra Pakistán.


Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma… civilizaciones culturales responsables de tantos inventos fueron, curiosamente, bastante ajenas a mí. Al portar indumentaria holgada, como túnicas y batas, no me requerían. Para fijar sus prendas solían hacer nudos, y más tarde llegaron a colocar broches, pero eran más ornamentales que utilitarios, incluso se usaban más para mostrar poder u opulencia que para ajustar la vestimenta.


Tuve que esperar hasta el siglo XII para que me utilizaran, aunque fuera sólo como adorno. Me fabricaron con oro, plata y algunas joyas, y destacaba como el elemento de distinción de varias prendas, tanto de hombres como de mujeres. Fui considerado un lujo, y el oficio de botonero era uno de los más prestigiados, pues era prácticamente como un joyero. Además, comencé a ser extremadamente funcional. Basta con recordar los jubones, esas prendas masculinas a manera de camisa y saco a la vez —completamente cerrados— que cubrían desde los hombros hasta la cintura, en donde había al menos 38 ejemplares míos, cada uno único y diferente. Lo mismo sucedía con los vestidos femeninos, en los que podían coser hasta 200 unidades de mí. 




La extravagancia no era evidente sólo en la cantidad, sino también en lo económico. Existen infinidad de registros de la época en los que se puede ver que la realeza no escatimaba para tener mis mejores versiones. Se dice que Francisco I de Francia adquirió 13,400 botones de oro para engalanar un traje de terciopelo negro, y Enrique III, su nieto, quiso 18 docenas en plata con forma de calavera. Luis XIV no se quedó atrás: se cuenta que, hacia 1684, tenía nada menos que 104 de mí hechos exclusivamente de diamantes, y no contento con eso, mandó cortar uno de 52 quilates para hacerme en dos colosales unidades. Los libros de la corte francesa muestran encargos de botones y presillas hechos de 816 piedras de color y 1824 diamantes para decorar un solo chaleco.


La nobleza, queriendo imitar a sus reyes y presionados por las tendencias de la moda, querían adquirirme en costosos modelos, pero no tenían suficiente capital para ello, por lo que recurrieron a la pedrería falsa. El joyero Joseph Strasser fue quien encontró la fórmula para emular las piedras preciosas de manera casi perfecta en 1758. Podría decirse entonces que gran parte de los primeros capítulos de la joyería de fantasía fueron protagonizados por mí.


Mi nombre proviene del francés antiguo y significa algo así como “brotar” o “realzar”, que es precisamente lo que hacía en ese entonces: vestía a las prendas con distinción y elegancia, con detalles especiales e irrepetibles. Luego del jubón, decidieron incluirme en mangas y hasta en zapatos y botas. Poco a poco tomé un papel más funcional, pues me colocaron para reemplazar flequillos, borlas, lazos y cordones. Era ya un objeto del deseo que convertía la vestimenta más simple en la más elegante con mi sola presencia. 


Aquí vino mi primer gran aportación: la ropa ajustada. Sin mí, nadie podía ceñir algo a su cuerpo porque no había forma de cerrarlo y abrirlo, más que reventando las costuras. Pero debo admitir que no lo conseguí solo, tuvieron que pasar todos estos años para este logro porque a nadie se le había ocurrido crear a mi más grande aliado: el ojal. Juntos conquistamos al mundo… el de la moda, claro, y con él, nos convertimos en grandes amigos de la humanidad al proferirle a sus prendas toda la practicidad, cortes y elegancia que sus mentes pudiesen imaginar. 


No tardé en enamorar a maestros artesanos, que pronto me industrializaron para crearme tallado en piedras preciosas o forrado con la más fina seda. Me fabricaron también de cristal, pero era necesario recubrirme con telas nobles para las zonas íntimas (sí, también abrochaba calzoncillos, corpiños y adornaba corsés).  


Ahora todos me portaban, claro que los materiales más finos eran destinados a la nobleza, mientras que los más rústicos y modestos fueron para las clases trabajadoras. Aún cuando hablamos de “industria”, en esta época me hacían completamente a mano, y cada creador se jactaba de no repetir un diseño, tuve docenas de miles de formas, colores y materiales, siendo la parte más multifacética de un atuendo: aún siendo su parte más pequeña podía ser la más llamativa.


Y aunque podían usarme tanto hombres como mujeres, no era añadido de igual manera en ambos géneros. En la vestimenta de las féminas me encuentro del lado izquierdo, y en la masculina estoy a la derecha. ¿Por qué? Las mujeres solían ser vestidas con ayuda de sus doncellas, y era más cómodo para ellas que me ubicara en esta posición. Los hombres, en general, cazaban (ya fuera pos necesidad o pasatiempo), y comúnmente eran diestros (o se les forzaba a serlo para no romper con el paradigma establecido), por lo que les era más fácil llevar la botonadura del lado derecho para sacar sus armas. 


Ah, la era del lujo y la ostentación… fui tan importante en el siglo XVIII que no hay manera de pensar en un vestido de esta época sin mi presencia, lo mismo sucedía con las casacas y, por supuesto, con los frac. Ni siquiera las artes pudieron resistirse a mí: la escultura y los relieves asumieron nuevos retos al presentarse a mi medida, pues por grande que sea, cualquier trabajo dentro de mí es una miniatura. La pintura me encontró irresistible para plasmar pequeños retratos con esmalte. En Andalucía inclusive me diseñaron con filigrana de oro y plata. Pronto adquirí habilidades comerciales, pues comencé a ser objeto de trueque y combatí la inflación pero, justo cuando creía que era más bello y poderoso, me transformé en algo funcional en la Inglaterra de 1750. 




A partir de este momento, ya no me fabricaron exclusivamente con joyas y textiles premium. Ahora me hacían también de madera, marfil, huesos o hasta cáscaras de nuez. Podía tener un par de orificios o hasta cuatro, a veces solo uno en mi cara posterior para adherirme a una prenda sin que se viesen las hebras que me sujetaban. 


A principios de 1800, tomé mi silueta más futurista: la del botón de presión. Un danés llamado Bertel Sanders pensó en modelarme dividido en dos partes, de manera que sólo lograba funcionar al ser unido a mi “media naranja”. Dos discos metálicos que podían ser forrados y parecer invisibles… vaya diferencia la de esta moda a la de unos siglos atrás en la que yo era la parte más notoria de la indumentaria. Y mi gran amigo, mi querido ojal, al que tantas veces me sujeté para cumplir mi misión, estaba en peligro de extinción total. Este fue el comienzo de una era gris, tan fría como el metal que usaban para fabricarme. Empezaron a añadir otras materias primas para fabricarme: zinc, níquel, aluminio… Mi valor disminuyó y pude formar parte de uniformes y ropa de trabajo. Lacayos y mayordomos me portaban en sus sacos, lucía reluciente y dorado, pero ya no era considerado tan exclusivo y élite como solía ser.



En 1890 llegó a quien apodé el cienpiés, considerándolo una amenaza de muerte: el cierre o cremallera. Nunca vi tan cerca mi final como cuando escuché su chirrido y lo vi apretar sus dientes para cerrar un pantalón. Afortunadamente, los sastres notaron que podíamos ser un buen equipo y una tendencia no eliminó a la otra, sino que ambas permanecieron. Ahora “el centípedo” y yo somos buenos amigos.



He tenido también mis momentos de esplendor en la pantalla grande. Hollywood no deja de seleccionar prendas para sus estrellas en las que estoy presente. Y aunque gustan de verme formalmente abrochado a mi ojal, también se dan rienda suelta en escenas cómicas haciéndome salir disparado a causa de un abultado abdomen (como sucede a la Tía Marge de Harry Potter en El prisionero de Azkabán), o volar por los aires debido a un arranque de pasión. En un par de ocasiones tuve una película con mi nombre en su título: La guerra de los botones cuenta la historia de un par de pandillas de chicos en la Francia de la Segunda Guerra Mundial, ocupada por alemanes. Ambos grupos pelean por la simple razón de no querer estar cerca unos de otros, y el líder de uno de los bandos tiene la brillante idea de arrancarme de las prendas de todos sus rehenes para que vuelvan a sus hogares desaliñados, semidesnudos y humillados, convirtiéndome en el botín máximo de la batalla.



Mi existencia no ha estado exenta de la superstición. Hay quienes dicen que encontrar un ejemplar mío blanco con cuatro agujeros es tan afortunado como hacerse de un trébol de cuatro hojas. Se considera de mala suerte vestir prendas en las que me encuentro en cantidad par, lo mismo que coserme a una prenda mientras alguien la porta, a menos que se tenga un hilo entre los labios. Coserme al revés o abotonarme a un ojal equivocado simbolizan mal agüero… Yo realmente creo que lo único desafortunado es perderme cuando más me necesitan, o desprenderme de una parte esencial, revelando lo que no se debe en el momento más impropio. Ahí es cuando mis usuarios se percatan de lo indispensable que soy.


Las prendas se reinventan continuamente. Con todos mis años entre la humanidad, he visto a la moda irse y regresar como en una infinita espiral que cambia formas y colores, pero que conserva esencias. Debo mi supervivencia a que muchos artistas textiles me han considerado capaz de conferir una belleza a las prendas que un zipper jamás podría emular. Es indudable que mis días ser sólo una cara bonita han terminado, pero ese rostro me salvó y tengo un propósito mucho mayor al de sólo adornar. Puedo evitar catastróficas situaciones y vergüenzas públicas al cumplir con mi deber, al tiempo en el que coopero con modistas y diseñadores para crear los más sublimes ejemplares haute couture y prêt-à-porter. Coco Chanel, Christian Dior, Hubert de Givenchy, y más tarde, Karl Lagerfeld, me dieron una nueva vida y me permitieron engalanar pasarelas y calles por igual. ¿Qué sería de una siempre elegante chaqueta tweed sin mi toque?



Objeto de manualidades, esencial del guardarropa. Abres tu clóset y aparezco por doquier. Compras una prenda y, si usa botones, te fijas que no falte ninguno y que, de preferencia, incluya un par extra por si llego a perderme. ¿Has pensado cuántos de mí posees en tus prendas? Existo en diseños y tamaños ilimitados, a veces soy codiciado, y generalmente me dan por hecho. Quien alguna vez haya dudado de la capacidad de alguien pequeño, que lea mi historia, que se mire al espejo y piense si podría portar esa camisa puesta sin mi ayuda. Mi creación cambió para siempre la historia de la moda y, por tanto, la de la humanidad. 





“Una vez que pierdes el primer ojal, nunca podrás abotonarte correctamente”. — Johann Wolfgang von Goethe


“Nunca sujetes a nadie por el botón o por la mano para que te escuchen; porque si la gente no está dispuesta a escucharte, es mejor que sujetes tu lengua que a ellos”. — Lord Chesterfield




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Referencias:


  • “Historia del botón – Origen y evolución”, en Curiosfera, disponible en https://curiosfera-historia.com/historia-del-boton/, visto el 8 de diciembre de 2020. 
  • “La historia del botón”, en Botonera Garden, disponible en http://botoneragarden.com.ar/la-historia-del-boton/,  visto el 9 de diciembre de 2020.

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