Seda: historia de una revolución milenaria y con estilo

“La seda hace por el cuerpo lo que los diamantes hacen por la mano” — Oscar de la Renta


“El verdadero poder no necesita de arrogancia, una larga barba y una estridente voz. El verdadero poder te estrangula con listones de seda, encanto e inteligencia.” — Oriana Fallaci



Fuerte y delicada. Antagonistas que en mí se entretejen como los filamentos que me conforman. Nadie creería que algo tan fino pudiera ser tan resistente. Stalin se equivocaba: por supuesto que puede hacerse una revolución con guantes de seda, y con vestidos, pañuelos y ropa de cama. 


Soy a las telas lo que las perlas y los diamantes a la joyería. Mi tendencia natural a permanecer bella por muchos años, mi suavidad y mis beneficios, además de mi versatilidad, me han ganado un lugar tan lujoso como íntimo en humanidad. 


Soy la seda, ese dulce toque que te envuelve cada noche en tu ropa de cama, esa caricia en tu cuello en forma de mascada, ese suave protector que te llena de elegancia en un vestido largo. 



¿Cómo fui descubierta? Cuenta la leyenda que, una tarde del siglo XXVII a.C., la emperatriz china Xi-Ling-Shi tomaba el con sus amigas en el jardín de su imponente palacio. Reían y hablaban de cualquier cosa cuando, de repente, una minúscula bolita como de algodón cayó en su taza de porcelana desde un árbol. Al tratar de retirarla, Xi-Ling-Shi vio que de ella se desprendía una sola hebra suave y brillante y tirando de ella hasta el final, reveló que lo que envolvía era una pequeña oruga. Así empezó la llamada sericultura.



Wallace Stevens dijo que “el poeta hace vestidos a partir de gusanos”, y aunque sea cierto, no me gusta el tono despectivo que podría inferirse en esta frase. Prefiero pensar que algo grandioso puede emerger de un ser pequeño, por inesperado que pueda parecer. Mi creador, Bombyx mori (a quien hoy llaman “gusano de la seda”), trabaja arduamente creando una crisálida compuesta por una única y larguísima hebra de proteína, que lo rodea una y otra vez. Nace midiendo unos dos milímetros, se alimenta de hojas de morera y tarda 15 días en convertirse en una singular mariposa blanca que es 10,000 veces más grande que cuando era larva.


El delgado e iridiscente hilo con el que formo el capullo puede medir desde 600 hasta 1600 metros. ¿Puedes imaginar un sólo hilo tan largo que, además, resulte extremadamente resistente? Siempre he pensado que confiero protección a quien me porta, y lo hago tanto con las orugas como con las personas. Así, para producir un kilo de seda, se requieren alrededor de 3,000 capullos de glotones Bombyx mori que necesitan haber comido unos 104 kilos de hojas morera para lograrlo. Aunque sea el más famoso, el “gusano de la seda” no es mi único productor. También existo a partir de las arañas, quienes me confieren otras propiedades. 


Mi naturaleza es la de una bailarina: delicada en apariencia, pero con gran fortaleza y flexibilidad. La resistencia es una de mis cualidades más sorprendentes. Para que te des una idea, puedo absorber 4 veces más energía que un fino hilo de acero antes de romperme. Además, soy capaz de deformarme hasta un 30%, mientras que un hilo de acero sólo puede hacerlo entre 1 y 2%.


Al principio, estuve destinada a la realeza china. Vestía sólo a los emperadores y llegaron a confeccionar regalos para sus amistades conmigo, pero después mi uso se extendió a otras geografías asiáticas. Primero Mongolia e India, después Persia, Arabia, Siria y Turquía, hasta llegar a Europa y África. Le llamaron la Ruta de la seda a esta enorme red comercial surgida en el siglo I a.C., con la que pasé por infinidad de manos y me sentí tan codiciada como el oro. 



Soy extremadamente suave, pero también repelo la humedad. Soy ligera y al mismo tiempo regulo la temperatura corporal para mantener el calor. No produzco estática y soy hermosa a la vista. Cada vez eran más los comerciantes que querían contarme en su catálogo de productos como la más preciada joya. Me consideraban un lujo, y a la vez, una necesidad. Por lo tanto, no es extraño pensar que vistiera a héroes de la talla de Odiseo: el propio Homero describe en La Odisea a su protagonista portando una camisa “tan brillante como la cáscara de una cebolla”. No suena tan elegante, pero la metáfora logra dar la imagen de mi iridiscencia. 


Mi historia no está exenta de polémica. En el Islam, los hombres tenían prohibido usarme porque se me veía como una tela extravagante y demasiado femenina. Aún así, me vieron gran potencial y fueron los musulmanes quienes me llevaron a España, y fue en Valencia en donde se instauró mi industria. De ahí llegué a Italia, y fue tal mi popularidad, que muchos de mis productores decidieron instalarse ahí, especialmente en Florencia. Francia no se quedó atrás y asentaron su centro de producción en Lyon. Me sentía poderosa, un auténtico lujo y un sinónimo de belleza.



En Inglaterra, fracasaron al principio pretendiendo crear “gusanos de seda” al plantar más de 100,000 árboles de morera en terrenos adyacentes al Palacio de Hampton Court, pues no era un sitio apto para su desarrollo. Pero el rey James I no se rindió: introdujo mi cultivo en sus colonias americanas en 1619, y aunque progresó, las importaciones de seda de Japón a Estados Unidos seguían siendo más importantes. Un nuevo mundo se abría a mi tacto, y lo percibí con toda la extensión de mis hebras.


Los tiempos cambiaron y, aunque dicen que son pocos los años en los que el mundo ha estado en paz, fue la Segunda Guerra Mundial la que me golpeó de manera más intensa. Ya no era lujo y belleza, pero seguía siendo una protectora: me destinaron a la confección de paracaídas y chalecos anti-balas. En la moda, me volví más rara y codiciada porque mi comercio fue interrumpido. Mi precio, por lo tanto, aumentó de manera exponencial, y lejos de sentirme valorada, fue como si cerraran un capítulo de la historia conmigo dentro: en Estados Unidos inventaron telas sintéticas como el nylon y hasta el lyocell, una seda artificial que pocos podían diferenciar de mí. 


Reza un dicho popular que “el mundo da muchas vueltas”, y no podría ser más cierto: cansada de tanta batalla y mercado negro, llegué a la cumbre de la moda una vez más, pero mi escenario creció: ya no eran sólo tronos y salones de baile, ahora estaba en aparadores, pasarelas y películas. “Nunca me siento tan mujer, ni tan bella como cuando uso un pañuelo de seda”: esta declaración de la actriz Audrey Hepburn me llenó de vida y regresé con más colores, formas y tamaños que nunca.


Pañuelo Jeu des Omnibus et Dames Blanches, de Hermès

La prestigiosa Hermès creó mi versión más sofisticada: los pañuelos Hermès carré. Los primeros fueron hechos por encargo y me colocaron un diseño en el que aparecían varias mujeres jugando con fichas llamado Jeu des Omnibus et Dames Blanches. Fue tan admirado que la maison française optó por abrir una planta en Lyon dedicada exclusivamente a su fabricación en 1937. Cuidaban cada detalle del proceso de creación, yo era como una princesa a la que confeccionaban con los más exquisitos tintes. Me hicieron más resistente y densa al tejerme dos veces, y me estamparon con pigmentos vegetales (los dibujantes tenían más de 200,000 colores a elegir), que podían tardar hasta un mes en secarse, pero valía la pena: aún hoy, los Hermès carré son un símbolo de belleza y calidad, y no hay pañuelo que se le compare.


Aunque China e India son mis principales productores a nivel global (generando 170,000 y 28,000 toneladas anuales, respectivamente) esta casa de moda selecciona solo la de mejor calidad, misma que proviene de Brasil, donde se producen anualmente alrededor de 600 toneladas.



La moda es un mundo de mil rostros, tantos como los reflejos producidos en un salón de espejos. Con el transcurso de los años, esta industria me dio otras texturas, y con ello, pude confeccionar prendas más variadas y con más efectos. El dupión, por ejemplo, es una de mis formas más brillantes, de peso medio, se arruga con facilidad, pero tiene una bella caída. Mi textura más suave y fina es el gazar. Está también el brocado, mi versión más artística, con ilustraciones en relieve, generalmente de estilo oriental, realizadas con hilos en tonos metálicos de oro y plata. Si la idea es dar volumen, está el mikado, en donde me presento gruesa y sin arrugas. El raso, o mi versión de dos caras, muestra un lado brillante y otro mate, aquí soy lustrosa, gruesa y suave. Obtengo un aspecto rayado en el otomano, pues me manifiesto acanalada, fuerte y definida. Con el piqué he ayudado a confeccionar los más exquisitos vestuarios de las artes escénicas, mostrándome ligeramente áspero y con un dibujo que hace alusión a la naturaleza: una colmena de abejas. Para la alfrombra roja, suelo vestir con tafetán: delgado, pero a la vez tupido y brillante. Mi variante más sauvage es el shantung: crujiente y áspera debido a la irregularidad de mis hilos. 



No importa cuál sea mi forma, al momento en el que toco tu piel produzco una sensación de placer que buscas igualar con ayuda de la cosmética. La poesía se inspira en mí frecuentemente para comparar mi suavidad con la del tacto del ser amado e incluso inspiré la obra literaria de Alessandro Baricco que lleva mi nombre, publicada en 1996. Versátil y poderosa, hoy proveo de elegancia a los atuendos más minimalistas, pues mis colores y formas dan ese je ne sais quoi de la distinción que sólo se consigue con una enorme capacidad de adaptación a mis portadores y entornos. Puedo ir en tu cuello o sobre tus hombros, decorar tu cabeza y amarrar tu cabellera, o quizás prefieras añadirme a tu bolso, ese accesorio que guarda tantos secretos como yo filamentos.



Fuera del glamour, tengo diversos usos en las ciencias de la salud, lo cual no es extraño: recuerda que mencioné que antes de bella, soy protectora. Centenaria es ya mi labor en las suturas, debido al bajo riesgo de reacciones alérgicas que hay al usarme. Asimismo, la ciencia médica ha realizado reconstrucción vascular a partir de la fibroína que me constituye, lo que ayuda a reemplazar fragmentos de arterias obstruidas por coágulos. Seguramente me has consumido alguna vez en forma de cápsula o hidrogel, pues mi biocompatibilidad me ha hecho idónea para llevar los medicamentos a la parte de tu cuerpo que los requiere. Soy la mejor alternativa para la regeneración ósea, pues puedo ser la base sobre la que crezcan las células que conformarán estructuras de los huesos, para luego biodegradarme y desaparecer. Por último, he probado ser esencial en la reconstrucción del ligamento cruzado de rodilla creando un cordón de fibras de gran resistencia. 


Soy vieja, muy vieja, pero en mi aspecto no se refleja un ápice de mi milenaria edad. Se diría que he tenido una magnífica existencia: me encontraron, me cultivaron, he sido amada y estilizada por la humanidad y he viajado por el mundo entero, dejando destellos de hermosura y suavidad a mi paso, mientras aporto mi granito de arena, o más bien, mi hebra de hilo a la ciencia para salvar vidas. Y es que la evolución y el cambio son parte inevitable de mi vida. Se diría que toda mi historia es igual que la del Bombyx mori del que nací: todo empieza con un minúsculo gusanillo que se transforma en mariposa para emprender el vuelo y conquistar el mundo con una revolución tan espectacular como el batir de sus hermosas alas. 



“El pañuelo de seda es el adiós de una caricia.“ —  Ramón Gómez De La Serna



“En una habitación a oscuras, con sábanas de seda y tu cuerpo encima de ellas, confundo texturas.“ —  Zatu 



 



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Referencias:


  • “La historia de la seda”, por Juan Pascual en Naukas: ciencia, escepticismo y humor, disponible en https://naukas.com/2017/08/10/la-seda-sintesis-usos-historia/, visto el 15 de octubre de 2020. 

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