Bolsillo: el indiscutible guardián de los secretos
“Los bolsillos han sido una división entre hombres y mujeres por mucho tiempo.” — Christina Binkley
“¡Puedes ir con el bolsillo vacío y volver cargado si permites que tu pasión te acompañe!” — Israelmore Ayivor
Un juego de llaves. Un celular. Un bocadillo. Dinero. Un secreto… ¡La cantidad de cosas que puedo guardar y mantener al alcance de tu mano! De aire oculto y misterioso, soy una de las piezas de la indumentaria más necesarias y, a menudo, más maltratadas. Perforado y deformado por numerosos objetos, es imposible que no me notes, aunque los diseñadores se empeñen, muchas veces, en mantenerme oculto. No en balde me llaman “el secreto favorito de la moda desde el siglo XVII”.
Escondido bajo capas de tela, detrás de largas y voluminosas faldas. Disimulado en las costuras a los costados de tus pantalones. En algunas prendas, vistoso y evidente por ser uno de sus mayores distintivos. Cargo de todo para ayudarte a moverte con las manos libres. Soy el bolsillo.
Comodidad y poder. Ambos sustantivos que cargo en mi razón de ser, pero pocas veces asociados a las mujeres, quienes varias veces han tenido que sacrificar confort en el nombre de la moda y el “qué dirán”. Precisamente por ello, por muchos años fui un complemento casi exclusivo del armario masculino.
Al principio, fui un individuo. Con esto quiero decir que era un accesorio por mí mismo y no estaba prendado a pantalones, vestidos, faldas o sacos, sino que tenía un listón o cordel para que hombres y mujeres me ataran a su tronco y guardaran en mí algunos artículos básicos. Todo era paz e igualdad en lo que a mí se refería, pero llegó el siglo XVII y comenzaron las diferencias: comenzaron a incluirme como parte de las prendas masculinas, creándome en gran cantidad dentro de pantalones, chalecos y sacos, mientras que las mujeres tuvieron que conservarme como un accesorio independiente, atado a sus cinturas y oculto entre la falda y el fondo. Para las chicas, dejé de resultar práctico, pues aunque tenía aún gran amplitud, no podían acceder a mí en público porque debían casi desvestirse. Algunos sastres y modistas de la época notaron este inconveniente y agregaron en los vestidos y faldas unas discretas aperturas laterales en las que las mujeres podían introducir sus manos y alcanzarme para acceder a los diversos objetos que guardaba: algunas monedas, una botellita de perfume, un espejo, joyas, comida (podía almacenar manzanas o naranjas sin que nadie lo notara, pues la indumentaria femenina era muy voluminosa) y hasta cartas de amor. Algunas me pedían cuidar de sus diarios también, y de aquí viene el concepto de libro de bolsillo, pues cabía perfectamente y su dueña podía tenerlo “a la mano”.
Me convertí en mejor amigo y confidente del sexo femenino. Recordemos que se trata de una época en la que las mujeres eran consideradas más muñecas que humanas, más ornamentos que personas y, por lo general, no tenían objetos valiosos de su total propiedad: dinero y joyería eran cuidados y administrados por sus esposos y, antes, por sus padres. Yo era el único lugar seguro y privado para guardar aquello que realmente les perteneciera: una flor recogida en el campo, un pañuelo con iniciales bordadas a mano, o los trozos de papel que albergaran la evidencia de un amor prohibido. ¡Cuántos secretos oculté y la cantidad de tesoros que pude albergar! Fui un accesorio muy hermoso (bordado a mano con decoraciones de diversos tipos de flores) y extremadamente confiable, nunca perdí nada de lo que en mí resguardaron aunque, eso sí, varias veces me robaron. Esos crímenes eran reportados en los diarios de la época, en los que se detallaban mi descripción y contenido, como en el siguiente anuncio impreso en The Public Advertiser, el 22 de enero de 1772:
'ROBADO el bolsillo de una dama anoche en Covent Garden Playhouse, con un reloj de plata antiguo, el fabricante Peter Le Conte, n.° 9, con una vieja cadena marrón, un pequeño sello pinchbeck (impresión: cabeza de mujer), llave y gancho de acero. Si se ofrece a ser empeñado o vendido, detenga a quienes lo hagan y notifique a Sir J. Fielding y recibirá una recompensa de una guinea del propietario.’
Debido a esto, las mujeres comenzaron a compartir entre ellas “mejores prácticas” sobre cómo y dónde atarme para prevenir estos lamentables sucesos, en los que podían perder sus más valiosos tesoros.
La Revolución Francesa trajo grandes cambios en la política y la sociedad europeas, no sólo la francesa, y como siempre sucede, ambos mundos atestaron un fuerte golpe a la moda: nadie quería lucir el vestuario con el que María Antonieta llegó a la guillotina, por lo que las siluetas cambiaron y los vestidos ya no consistían en suntuosos faldones acompañados de estrechos corsés, sino en cinturas altas y faldas largas y rectas en caída libre, eliminando así mi perfecto escondite. Inició entonces la era de mi primo el bolso, que en esta época se manifestaba en su forma más ornamental e inútil, pues en verdad que no le cabía nada. Le llamaron “retículo”, pero el término derivó en “ridículo” y por más intentos que las chicas hicieran, este bolsito no tuvo mi enorme capacidad de almacenamiento.
Los bolsos de mano crecieron por razones funcionales y, a mayor tamaño, menor estatus social de su portadora. La razón es simple: las mujeres de la alta sociedad no se ocupaban de asuntos de dinero ni de actividades que implicaran cargar objetos pesados o trasladarlos. En cambio, las plebeyas iban al mercado, cosían y realizaban un sinfín de tareas que implicaban cargar diversas herramientas necesarias en su cotidianidad.
A partir de 1800, se comenzó a buscar un nuevo lugar para mí. Un manual de costura de 1838 tituladoThe Workwoman's Guide contenía cinco patrones de bolsillos entre sus múltiples páginas de artículos para mejorar la ropa de hombres, mujeres y niños. Vivir sin mí no era fácil, y aquí estaban los ingeniosos de las agujas y las tijeras buscando la manera de añadirme a las prendas femeninas nuevamente. En esta misma época, hubo diversas campañas luchando por ropa femenina más funcional, como las de la Rational Dress Society.
Con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, podría decir que las féminas finalmente fueron escuchadas, pero no por las razones de igualdad que ellas pedían, sino por un “mal necesario”: con los hombres al frente, ellas tuvieron que comenzar a trabajar en fábricas y empleos que antes eran exclusivamente masculinos, actividades que demandaron ropa más cómoda y, por supuesto, conmigo incluido. Empezaron a fabricarse pantalones para mujeres y su ropa incluía al menos seis de mí, en formatos amplios y largos, con suficiente espacio para que entrara su mano completa y pudiesen poner todo tipo de objetos requeridos en sus labores. También nacieron los jeans y con ellos llegué reforzado y mejorado, incluso me colocaron remaches para hacerme resistente. Y por si te lo preguntabas, mi versión frontal más pequeña estaba destinada para el reloj de caballero, que en ese entonces era de cadena; luego se sustituyó por el de pulso y sólo me conservaron como un adorno.
Se pensaría que, aunque fuera por las razones incorrectas, las mujeres habían ganado su propia batalla, pero no. La moda de la posguerra quería que exudaran feminidad y las siluetas se estrecharon: los vestidos y las faldas iban ceñidos a la cintura y continuaban su forma entubada pasando por la cadera y hasta debajo de la rodilla, y los diseñadores fueron piadosos al incluir una pequeña apertura trasera para que fuese posible caminar. No lo voy a negar, son prendas muy hermosas, pero su forma trajo consigo una crisis para mí. Nuevamente, el bolso cobró importancia, y a partir de este momento, se convirtió en el accesorio/confidente más codiciado por las chicas, teniendo cada vez diseños más bellos, en más colores, tamaños, materiales y formas.
No desaparecí por completo. Evidentemente, aún era una parte esencial en todas las prendas del armario de los hombres. Me acostumbré a ver llaves, carteras, monedas, pañuelos y hasta algunos documentos. Pero extrañaba profundamente la versatilidad del clóset femenino y mis distintas complexiones en faldas, vestidos y pantalones. Mi problema era de estilo: yo arruinaba la silueta al agregar volumen donde no lo querían, y por eso me redujeron o eliminaron.
Sentía que llegaba mi extinción en el género femenino, cuando surgió Coco Chanel con su máxima “El lujo debe ser cómodo; de lo contrario, no es lujo”. Me alié entonces con los más hermosos trajes de tweed, y otras piezas de la maison française, demostrando que la practicidad y la elegancia van de la mano en una armonía equiparable a las más sublimes sinfonías de la música clásica.
La tendencia de los boyish looks en Hollywood cobró fuerza, y tuve embajadoras de la talla de Greta Garbo y Marlene Dietrich, pero mi lucha no había terminado. En 1954, el afamado diseñador Christian Dior, padre del New Look, declaró “Los hombres tienen bolsillos para guardar cosas, las mujeres para decoración”. Con esto empezó una moda terrible: ¡la de falsificarme! Podrá sonar dramático, pero nada era peor que encontrarse con un lindo blazer o una falda que aparentemente tenían bolsillos para percatarse de que eran un simple adorno, nada más que maquillaje de tela. Este ultraje sucede aún en nuestros días, especialmente en los más ceñidos leggings.
Con el paso del tiempo, he ido y venido como un complemento de la moda. Indispensable y siempre incluido para los hombres, pero sacrificado en cientos de ocasiones para las mujeres. Recordemos los 90’s o los principios de los 2000, en los que inclusive en los jeans femeninos, la prenda que define la comodidad chic, me relegaron a una ranura, o a un simple compartimento en el que apenas cabía un dedo. Basta con recordar a Britney Spears usando pantalones por debajo de los huesos de su cadera, en los que me queda claro que sólo me pusieron para que la prenda no se viera rara por no incluirme. Pero ¿por qué me extrañaba? Si la bragueta medía a lo mucho 5 o 7 centímetros, ¿qué podía esperarse de mí?
Hoy en día, mi lucha continúa. Los skinny jeans han llegado para quedarse y no me ha quedado otra opción que adaptarme. Gracias a tiros más altos, he podido incrementar mi tamaño y almacenar uno que otro básico de hoy. Mientras los hombres pueden guardar en mí prácticamente todo lo que quieran, las mujeres tienen que ser selectivas y usarme sólo para lo más esencial. Uno de los problemas es que el artículo más importante e inseparable de la actualidad es el teléfono celular, que no ha hecho más que crecer, especialmente con las pantallas táctiles. Incontables veces he estado en un probador fuertemente cosido a unos jeans escuchando a la compradora decir: “me gusta, pero no cabe mi teléfono”. Acto seguido, el pantalón y yo somos literalmente arrojados al piso hasta que un vendedor nos toma, nos cuelga o nos dobla y esperamos una nueva oportunidad. Sabemos que no será fácil, pues insisten en crearme unos 10 centímetros más chico en la versión femenina que en la masculina.
¿Serán conscientes los diseñadores de mi importancia? Es cierto que la bolsa de mano cumple muchas de mis funciones, pero las chicas no se cuelgan una mientras están en casa, y en ocasiones prefieren salir con sólo lo básico por cuestiones prácticas o para no llamar la atención. Ahí es en donde soy esencial.
A lo largo de mi existencia, he guardado tantas cosas: los jefes de estaciones de tren me pedían resguardar sus relojes, gracias a los cuales los trenes salían a tiempo y las personas llegaban puntualmente a sus destinos; leí recados y notas de amistades y amores almacenadas en mi interior; degusté deliciosas esencias resguardadas para que mi portadora aplicara un poco sobre su cuello y sus muñecas cuando lo juzgara necesario. Algunas veces he sido el suspiro de alivio luego de un crimen: muchos robos de la historia han implicado al bolso y literalmente son sustraídos con todo lo que guardan, en cambio yo, me considero casi intocable cuando acompaño a una mujer; y si me rompo, puedo ser la diferencia entre conservar o perder un preciado obsequio, como en el filme El Expreso Polar.
Guardo de todo, pero no conservo nada para mí mismo. Estoy en constante alianza con la moda para cumplir mi misión. Practicidad, comodidad, seguridad, confianza… ¿quién diría que algo tan simple como yo podría implicar cuestiones tan importantes? Soy pequeño, muchos dirían que hasta trivial, pero la manera en la que desempeño mi trabajo puede cambiar el curso de la historia.
“La carga más pesada es un bolsillo vacío.” — Dicho judío.
“La pobreza no depende de lo que está en tu bolsillo, sino de lo que tienes en la cabeza.” — John Hope Bryant
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Referencias:
- “¿Cuál es el origen de los bolsillos en las prendas de vestir?”, en 20 minutos, disponible en https://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/cual-es-el-origen-de-los-bolsillos-en-las-prendas-de-vestir/, visto el 5 de noviembre de 2020.
- “La historia de los bolsillos en la ropa de las mujeres”, en La Verdad, disponible en https://laverdadnoticias.com/estiloyvida/La-historia-de-los-bolsillos-en-la-ropa-de-las-mujeres-20181215-0005.html, visto el 5 de noviembre de 2020.
- “Los bolsillos de las mujeres: una historia de moda y desigualdad”, en Plumas Atómicas, disponible en https://plumasatomicas.com/noticias/bolsillos-mujeres-pantalones-desigualdad/, visto el 5 de noviembre de 2020.
- “History of pockets”, en Victoria and Albert Museum, disponible en http://www.vam.ac.uk/content/articles/a/history-of-pockets/, visto el 5 de noviembre de 2020.
- “The bewildering and sexist history of women’s pockets”, en Medium, disponible enhttps://medium.com/verve-up/the-bewildering-and-sexist-history-of-womens-pockets-1edf3a98117, visto el 5 de noviembre de 2020.
- “Quotes about pockets”, Brainy quotes, disponible en https://www.brainyquote.com/topics/pockets-quotes, visto el 5 de noviembre de 2020.




















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